Recuerdo una vez, hace varios años, cuando salí a reportear un hecho policial. El suceso había transcurrido hace poco rato y todavía Carabineros tenía acordonado el lugar, un pasaje donde parecía que alguien había sido víctima de un homicidio. Una casa que a la vez, sufrió un principio de incendio.
Muchos vecinos se agolparon para tratar de saber qué ocurría, acongojados porque intuían donde había pasado, porque ubicaban a la dueña de casa, o tal vez, a los niños de la familia. En el tumulto, preguntaban algún antecedente a otros vecinos que habían llegado antes al límite por donde se podía transitar o a las personas que llevaban más tiempo mirando los movimientos de los uniformados.
A mí también me prohibieron el paso y esperaba. Pasaban los minutos y yo seguía ahí; debía hacerlo porque estaba trabajando, a diferencia del resto de los vecinos que esperaban novedades solamente, algunos con poca paciencia. Fue en ese momento cuando escuché a uno que miró su reloj y decidió partir: "Me voy, total, el martes lo leo en El Observador". La frase retumbó en mi cabeza: "Me voy, total, el martes lo leo en El Observador". La verdad es que mi cara de alegría contrastaba con los rostros de preocupación que estaban a mi lado. Disimulé, porque no correspondía para el momento, pero me quedé pensando largo rato.
El hombre había demostrado una confianza que me sorprendió. En aquel tiempo no estaba enterado de todos los números de la empresa, por ello, lógicamente no sabía cuántos ejemplares se vendían cada martes y viernes, tampoco le dedicaba tiempo porque me preocupaba solamente de hacer bien la pega de periodista, por lo que no me había detenido a reflexionar sobre el tamaño del producto que hacíamos.
Aquel vecino, además de confianza, demostró seguridad sobre su espera. Daban lo mismo dos días, el diario le contaría lo que pasó. Y no sólo eso, sino que el cómo pasó y quiénes eran los implicados, algo en que nadie más profundiza. Nadie más. Es la esencia insoportable del diario, el karma que persigue a los editores, la responsabilidad ante nuestros lectores que nos otorgaron la confianza y tenemos que responderles.
Creo que esa tarde sentí un peso distinto sobre mis hombros. Me acordé del editor cargante? que en realidad era perseverante, agudo, preciso; que llegaba hasta el final porque la noticia se daba completa, sin cabos sueltos, pensando en los lectores que necesitaban sin vacilaciones, todos los antecedentes que los acercaran lo máximo a la verdad. Eso era lo que producía confianza. Estaba entendiendo esa responsabilidad, ese peso sobre mis hombros.
"El Observador", cumplió 41 años. Y a pesar del tiempo transcurrido, a veces lento, otras veces muy rápido, la empresa asume nuevos desafíos. Estamos en movimiento y constante, y para nosotros es muy importante contárselos hoy. Cambios o mejoras, que mantienen como premisa el deberse a nuestros lectores, entregándoles, simplemente, la mejor información.
Después de la premiación que viene a continuación de mis palabras, tendremos una exposición muy interesante, donde conocerán los números de la última encuesta de lectoría realizada en la Quinta Región. Números que incluso, sorprendieron a parte de nuestro equipo, que no hacen más que confirmar que los 41 años se manifiestan en esa confianza abrumadora por nuestro trabajo responsable, donde hemos dado la cara por hacer un periodismo certero, y donde también hemos dado el corazón cuando es necesario.
Finalmente, les agradezco a Ustedes, avisadores y lectores, porque sin su apoyo, nuestro trabajo no se habría podido realizar. Gracias a Ustedes cada martes y viernes, les entregamos noticias con total independencia, reporteadas con sentido, desde la historia humana que hay detrás, y preocupados del desarrollo de cada ciudad. Realmente, la mejor información.
Gracias, y como dice mi padre, y como también diría mi abuelo si estuviese con nosotros, sigamos juntos.