EL Observador

15:42 hrs. Martes 16 de abril de 2013 Hugo Quilodrán Jiménez

Rufino, el último cestero quillotano

La cesta como tal, existe desde que el hombre requirió transportar o almacenar alimentos. Para confeccionar este ancestral utensilio, se requiere una técnica transmitida normalmente de padre a hijo.

Alfonso León Muñoz, es un maestro cestero, oficio de herencia familiar. Sus amigos lo conocen como Rufino. Miembro de una numerosa familia, de 13 hermanos, el trabajo a corta edad no le dio tiempo para estudiar. Comenzó como "deshojador", pero eso no era lo suyo. Eran tiempos de mucho sacrificio. Las varillas se pelaban con "tenazas" , después de haberlas remojado por meses en el canal, hasta que brotaran. Recién entonces se podían entretejer. Todo esto, sin horarios ni climas limitantes. En ese ir y venir, las manos se curtían y la espalda y riñones terminaban molidos. Aun así, reconoce que su vida cambió cuando le permitieron hacer su primer canasto.

Antes que el Callejón Gonzalez adoptara el nombre de Rosales Kennedy, era común ver tejedores, laborando bajo la sombra de los sauces en plena calle. Hoy, solo permanece él y los vecinos acostumbran saludarlo mientras trenza en el portón de su casa.

Su fuerte nunca ha sido la innovación, lo suyo es lo típico, lo funcional, lo práctico. Sus clientes son gentes de esfuerzo, que le exigen un producto robusto, firme y duradero, cualidades que superan lo estético y que le han permitido sacar adelante a su familia.

Entre sus obras destacan las canastas bajas, utilizadas por los pescadores de la caleta El Membrillo, para llevar los espineles a alta mar. Las bandejas fruteras para el Mercado Cardonal. También están las "cunas", especiales para cargar verduras a granel en la feria Sargento Aldea de Quillota. Pero su mayor orgullo es ser el único que confecciona canastos con borde. Trenza de a cuatro hebras, "encarnada" en el borde superior, que permite una terminación única.

Su sueño es confeccionar una "cuna" gigante, capaz de soportar media tonelada de repollos. Sería la primera vez que alguien lo hiciera y todo un récord. Él sabe que su mimbre no le fallará, su experiencia lo avala. Solo le falta el auspicio para comprar los materiales, porque la mano de obra está dispuesta.

Su gran pena es que aunque lamentable -pero completamente comprensible- nadie de su descendencia pretende continuar este inmemorial oficio.

Amigo Rufino, su trabajo irradia dignidad, orgullo y dedicación. Sin pensarlo siquiera, ya forma parte del patrimonio cultural inmaterial, lamentablemente no reconocido de nuestra ciudad.

Sinceramente, espero que estas líneas sirvan como un homenaje en vida, por el valor de mantener intacta esa tradición familiar.



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