EL Observador

19:20 hrs. Martes 02 de abril de 2013 Wimper Romero Jara

¿Por qué envejecemos?

El envejecimiento es un declinar que después de la madurez afecta la capacidad de reproducirse y sobrevivir, por lo que resulta sorprendente que un organismo producto de un proceso complicado como el de desarrollo embrionario, no pueda cumplir una función tan simple como es la de prolongar el funcionamiento de la condición alcanzada.

Antes se pensaba que el deterioro se debía a una disminución en la producción de ciertas hormonas, después se estableció que la duración máxima de la vida es una característica de cada especie. Ella debe depender del patrimonio de genes que cada ser ha recibido de sus padres al momento de la concepción. Así las bacterias y otros entes unicelulares pueden dividirse indefinidamente; muchas plantas superiores se propagan sin sexualidad, y algunos animales son capaces de regenerar sus propios tejidos.

La línea de células que conducen a la formación del huevo y la esperma, es potencialmente inmortal en todos los individuos que se reproducen sexualmente, observándose que el envejecimiento es notorio y propio de animales más evolucionados. Parecería inaceptable que un ente vaya hacia la decadencia y la muerte a partir del momento que son claros los signos de falta de adaptación al ambiente. Sin embargo, no hay que olvidar que la selección darwiniana favorece a aquellos que dejan una descendencia numerosa. Por tanto, desde que la capacidad generadora disminuye luego de su madurez la aparición de la senescencia no es incompatible con la interpretación corriente de la evolución.

Evidentemente, en las células pueden aparecer mutaciones en su patrimonio hereditario, las que dan lugar a proteínas anormales. Esta teoría presume que cuanto más se avanza en años tanto más depósito de material proteico anormal llevamos en nuestros tejidos hasta que el sistema cae sin más remedio, generando muerte precedida de vejez.

Se ha observado que si se transfieren células de embrión humano en botellas que contienen los necesarios nutrientes, ellas se reproducen sin problemas y van hasta 50 generaciones antes de cansarse, pero si se parte de células de adultos, el número de veces que puede reproducirse in vitro disminuye netamente. Da la impresión, entonces, que las células tienen un potencial de multiplicación fijo y característico de cada especie. Las tortugas que viven más que el hombre alcanzan 100 multiplicaciones de su población celular; la especie humana únicamente 50 y las gallinas apenas 30.

En todo caso, la última palabra no está dicha, porque el tiempo es una de las más desconcertantes invenciones del hombre. Si no fuéramos alcanzados por la senectud y la muerte no nos daríamos cuenta de los abismos de ese inexorable enemigo. Vida y muerte están ligadas por una necesidad. ¿Cuál será la naturaleza de ese vínculo?



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