EL Observador

10:26 hrs. Lunes 31 de diciembre de 2012 Eduardo Osorio

Mediterráneamente hablando

Mario Vargas Llosa acuñó eso de la "literatura del tercer mundo", muy diferente al resto de las letras del planeta que parecen alinearse aparte de sus orígenes continentales, en una órbita parecida, pero la tercermundista es otra cosa y le hallo razón.

A mí me gustaría escribir ahora que en nuestro semántico territorio de cinco letras, existe la pegada al mar (Coloane y Compañía Ltda.) y la mediterránea.

Entonces desenvaino teclado y escribo sobre el deleite inspiracional que me provoca el calor seco, a veces húmedo, cordillera de la costa adentro.

Parecen hablarme las verdes colinas secuestradas al amarillo patrón de quebradas que guardan secretos muy profundos y regados por napas que sabiamente detectaron los colonos quillotanos, esparciendo sus recetas alrededor igual que el Aconcagua, hasta temperar lo que sería un desierto.

Es entonces, cuando descubro a pasos del antiguo troncal, caserones con historias increíbles pegadas a sus resquebrajadas paredes, que dejarían chico al realismo mágico de Faulkner. Secuencias de entierros, milagros, superposiciones del tiempo y hasta metafísicas tradiciones, en las cuales no detecto buceos literarios, salvo aproximaciones, y a las cuales pretendo acercarme de verdad, echándole un vistazo al Museo del Huaso por ejemplo, donde metódicamente ordenadas decenas de espuelas de plata junto a sombreros y caballos más queridos montados por huasos entaquillados en sepias fotos, me lanzan historias divertidas y lúdicas, que dejarían chicas a las de la Cándida Eréndira , mientras un cicerone me muestra imágenes con molinos que sacan agua cristalina regando jardines de perfumadas buganvilias, haciéndome imaginar bajo ellas a una viejecita pituca, evocando cartas de amor guardadas bajo siete llaves en su clandestina memoria, de un prete que duerme ahora bajo lápida de adobe, en recóndito cementerio, mientras su amante marido de toda la vida regalonea a los bisnietos.

Me hablan también los chirimoyos verdes oliva, y cuchuchos en bicicleta, orillando caleteras, que un auto japonés humeante amenaza con su paso arrollador y contaminante, lleno de regalos para la inminente Navidad, cuando para el escritor, las crónicas están al alcance de la mano como los limones a centímetros de la alambrada, mientras un gran bus de dos pisos parece venírseme encima desde la carretera concesionada, destino a la cordillera.

La literatura todo lo puede digo, sólo basta estirar la mano y hacerse de esa rica oferta, mediterránea en este caso.



Portadas El Observador


 
 

Casa Matriz
La Concepción 277. Casilla 1 - D.
Quillota, V Región, Chile.