EL Observador

9:56 hrs. Martes 13 de noviembre de 2012 Renato Achondo Pizarro

Llamadas telefónicas perdidas

Eran más de las seis de la tarde cuando salí de una reunión de trabajo. Por deferencia hacia mi cliente, había apagado el celular. Tenía 12 llamadas perdidas cuando lo volví a encender, 6 desde mi casa y el resto de un número desconocido. Sonó entonces el mismo número que hacía un séptimo intento. Contesté intrigado pensando en algún problema en mis obras de construcción.

-Buenas tardes don Renato, habla Cristóbal Lara del banco-.

Se me apuró el ritmo cardiaco, nunca me llaman para nada bueno desde el banco, siempre es para avisarme que estoy sobregirado y debo ir a depositar.

-Dígame don Cristóbal en cuanto "estoy en contra"- le contesté resignado.

-No se trata de eso don Renato, disculpe que lo moleste. Usted estuvo en la sucursal esta mañana y cobró un cheque, cometí un error y le pagué de más-.

Me sentí aliviado y contento, reconocí al joven cajero, cara de niño bueno, que desde hace algunas semanas me atiende de manera muy amable, en una nueva sucursal que es poco conocida y aún no hay "colas" en las cajas.

-No se preocupe Cristóbal, si hay un peso de más se lo llevo el lunes a primera hora-. Le prometí tratando de tranquilizar su angustia, perceptible aún, a través del teléfono.

-Discúlpeme, pero como usted no contestaba, me tomé la libertad de llamar a su casa y hablé con su señora, me pidió le dijera cual era el motivo de la llamada, le tuve que contar todo y ella me prometió que lo trataría de ubicar-.

Entendí ahora las llamadas desde mi casa.

-¡Donde estabas!, puedo necesitarte urgente y tú, inubicable-. Me tragué luego el reto de mi señora por no responder a sus llamadas.

El lunes a las 9 de la mañana entré a la sucursal de poco público y entregué al agradecido cajero un ejemplar de mi libro de Crónicas "Constructor y Cuentacuentos" con el dinero entregado de más entre sus páginas y con la siguiente dedicatoria:

"Para Cristóbal, que me pagó por adelantado una suma demasiado generosa por mi libro. No puedo aceptarla y le obsequio este ejemplar".

En mi siguiente visita a la sucursal del banco, por primera vez se formó una larga fila. Mi ahora amigo cajero, me comentaba entusiasmado las Crónicas que más le gustaron a él, a su señora y también a su suegra.



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