EL Observador

10:21 hrs. Martes 16 de octubre de 2012 Sabrina Arroyo Weckesser

Solidaridad, cada vez más lenta

Recientemente tuve la oportunidad de conocer a José Miguel, un joven quillotano de 16 años que debido a una enfermedad que su mamá tuvo en el embarazo ahora tiene problemas para caminar, ver, oír y hablar, además de una cardiopatía.

Ésta enfermedad en el corazón hace que José Miguel no pueda salir de su hogar porque se cansa al caminar unos pocos metros. Su vida está entre las paredes de su casa y algunas visitas a los médicos a las cuales concurre con dificultad, acompañado por su mamá.

Para poder salir, él necesita una silla de ruedas, que lleva esperando hace mucho tiempo.

Al igual que José Miguel, hay muchas personas que necesitan la solidaridad de los demás para hacer su vida un poco más alegre y llevadera.

En Chile hay diversas instituciones que ayudan a las personas discapacitadas, pero en casi todos los casos se requiere de una lenta burocracia para obtener algo que se necesita con urgencia.

Todos los artículos ortopédicos son muy costosos, lo que hace aún más importante el papel que juegan las instituciones benéficas, por lo que estas necesidades deberían resolverse con otros tiempos, considerando la gravedad de los casos.

Así es el caso de José Miguel, que lleva años esperando una silla de ruedas. Su mamá ha golpeado muchas puertas, pero hasta el momento no ha recibido ninguna respuesta a su urgente pedido.

No hay colegios en la zona a los que pueda ir una persona que no puede valerse por sí misma, por eso están destinados a permanecer en sus casas con alguien que los cuide y si no se tiene el dinero para contratar a alguien, es un familiar el que debe quedarse al cuidado de la persona discapacitada, posponiendo muchas veces la oportunidad de trabajar.

Además, las posibilidades de que estas personas avancen tanto en sus capacidades físicas motoras como en lo neurológico son escasas, ya que deben viajar largas distancias hasta Valparaíso o Viña del Mar, si es que se puede, claro está. Al final, la gran mayoría va sólo un tiempo y luego vuelven a la rutina de sus hogares.

Algunas personas guardan en sus casas artículos ortopédicos, esperando hacer negocios con ellos. Muchos de esos objetos fueron obtenidos en instituciones benéficas como la Teletón, entre otras y de manera gratuita. Por eso, lo correcto sería que una vez que los hayan desocupado, los donen o los faciliten a personas que los necesitan.

Claro que también están esos pocos que deciden hacer algo bueno y pensar en los demás, poniendo lo que tienen a disposición del otro. Así debería ser siempre, para evitar que los tiempos se alarguen tanto como para José Miguel.



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