EL Observador

11:07 hrs. Viernes 12 de octubre de 2012 Julio Cifuentes Mora

La irresistible magia del café

Hay días dulces y otros amargos; unos breves, algunos eternos. Pero la linealidad temporal escapa a todo, excepto al inexpugnable efecto reactivador de una taza de café. Ya lo dijo Alejandro Dumas: "La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir".

El mercado del café en Chile creció un 78% en valor en 5 años, mientras el consumo anual per cápita está en torno a las 180 tazas al año.

El mío se acerca a las 7 tazas diarias. En realidad hace años me lo prohibió un médico porque contribuía a que mi díscola presión arterial se disparara. "Te hace mal para la salud", reforzó más de alguien. Pero, ¿quién se preocupa de la salud del alma?.

Sí, porque una taza de café puede ser el centro de una cita con un amigo o de las otras; cierra un buen negocio; es el socio ideal de un libro; entibia el cuerpo y el "corazón" en un día de invierno; detiene el tiempo y aísla el contexto, aunque sea por un breve lapso, un preciado instante. Por eso no lo abandoné, aunque en realidad beba descafeinado generalmente. Autoengaño consumado.

Hace poco, recorriendo las calles de Quilpué, salieron al paso varios nuevos locales dedicados al rubro. Me metí a uno que era como el antejardín de una casa. Su dueño, un señor de elegante presencia, aceptó gustoso tener algunos ejemplares de "El Observador" disponibles para sus clientes.

En Quillota ya suman más de 10 los cafés en el centro. Hay diversidad extrema: los clásicos, los vanguardistas, los sofisticados, los latinoamericanistas, el nuevo en modalidad "on the green", en medio de algunos de los pocos lúcumos que quedan en la ciudad. En fin, para todos los gustos. Es que los cafés son como las mascotas: se parecen a sus dueños, generalmente simpáticos, conversadores, sociables.

En Quilpué hay uno donde su dueña recorre mesa a mesa con la taza en la mano, hablando con los clientes. En Quillota hay uno donde su propietario, un ingeniero agrónomo, apuesta por difundir la cultura cafetera y organiza talleres.

En buena hora que las calles de nuestras ciudades proliferen los cafés. Hasta donde sé, muchos han abierto; pocos o casi ninguno, ha cerrado. Es que el negocio va con la tendencia y me parece que estamos asimilando el sano hábito de ocupar espacios públicos para reunirse y dialogar.

Al fin y al cabo, el café es solo el pretexto. Puede ser un té (ese brebaje que hoy es multicolor), una leche, un jugo o una cerveza. Lo importante es contribuir a que la vida inunde cada silla de estos templos democráticos del encuentro humano.



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