EL Observador

11:36 hrs. Viernes 07 de septiembre de 2012 Gustavo Boldrini Pardo

Ha llegado carta

Una carta manuscrita en un sobre con estampillas, desde Puerto Cisnes, más un raro correo electrónico expresando amor, me detonan esta crónica.

Soledad me cuenta que revisó y botó nueve mil emails de trabajo. Otra persona dice que, cada mañana, repasa unos 60 llegados el día anterior y que, en realidad, no conoce a quienes los envían.

Entonces recuerdo mi adolescencia tan llena de cartas que guardo hasta hoy. Escritor compulsivo, río pensando en que escribir cartas me era tan placentero que antes de irme de viaje las redactaba todas de una vez. Y después las iba enviando poco a poco. "Y te escribo tan contento debajo de un gran roble..." o "A lo lejos, mientras te escribo ésta, veo una bandada de loros que..." Es decir, mucho más que la veracidad de lo que veía -robles y loros-, tenía urgencia por comunicar mi amor desde una escritura creativa.

No sé cuánto tiempo pasó hasta el momento en que ya nadie escribió cartas o, mejor, no contestó nunca más; eso, pienso, provocó un anquilosamiento emocional que se tradujo en incapacidad de expresar sentimientos reales o de ficción.

Una esperanza o "el golpe de gracia" lo dio el PC y sus correos electrónicos. Cuando apareció, y en vista del entusiasmo que causó la novedad, pensé que la comunicación epistolar había vuelto y, sin sobres ni estampillas, se reanudaba el tiempo de una intimidad perdida. Nadie, so pretexto de la lejanía del correo, dejaría de contestar y se reanimaría el momento de la amistad y de la confidencia.

Me equivoqué. Los emails solo sirvieron como instrumento de trabajo; apenas para una comunicación oficiosa, escueta, y escritos con ortografía infame y chistes a los que se debe agregar ja,ja,ja para que no parezcan insultos.

La carta con estampillas, recién llegada, me hace pensar, mientras la miro, sopeso y abro, en el tiempo que mi amigo Juan Mihovilovich tardó en escribir el sobre e ir al correo. Quizás, todo, bajo una tormenta. Su letra me habla de su temple anímico, de la sinceridad sin titubeos. En fin, el pequeño regreso a una dimensión que lleva lugar, tormenta, nombre y apellido.

El correo electrónico dice así: "Negrito, ayer, caminando por el parque me encontré estas plumitas. No sé si son de alguna cotorrita argentina, peruana o de algún periquito boliviano. Cuando las recogí pensé en ti y te las tengo de regalo, guardadas en una cajita. Las escaneé. Acuérdame para entregártelas. Un besito, Irene".

Me emociono. Ese acto de quien bajo una nevazón va al correo o que se agacha a recoger una plumita, me transporta a ese momento lárico cuando una carta era el ritual para comunicar amor y amistad. Me doy cuenta ahora que esos dos mensajes me devolvieron al tiempo cuando, adolescente, lo más bello del mundo se expresaba, siempre, en palabras escritas a mano.

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