EL Observador

11:33 hrs. Viernes 07 de septiembre de 2012 Natalia Chinchón Zurita

Todos íbamos a ser buenos...

Hace varias semanas venimos siendo testigos de un fenómeno totalmente detestable como lo es el abuso sexual infantil -en Santiago, Quilpué, Quillota y otras comunas- y me permito invitarlos a la reflexión y a la lectura de esta y otras instancias de violencia hacia la infancia y a la sociedad toda, como un síntoma, como una metáfora de otra cosa, cuya representación enmascara sucesos más profundos que sólo lo visible.

La violencia está instalada y se ha ido construyendo en los gestos cotidianos, en los vaivenes subjetivos que la cultura nos ha ido generando.

Hoy por hoy la gran queja social, es el límite y lo dificultoso que resulta instalar un freno a quienes no escuchan, a quienes no hacen caso. El límite no sólo involucra un freno, también posibilita la internalización de la diferencia, la internalización de la legalidad regida por un tercero que nos atraviesa con el lenguaje.

El lenguaje limita en sí mismo, calma la angustia, nos contiene y nos permite contener. La pronunciación del "no", planteado incluso como regulador intra-síquico, nos permite caer en la cuenta de que no todo es posible para nosotros, que existen cosas que podremos alcanzar, sin embargo otras las tendremos que dejar ir.

No obstante hoy ¿estamos dispuestos a la renuncia de lo inmediato con la convicción de a futuro obtener algo mejor? ¿Acaso esta creencia instalada de que todo es posible y que el momento es ahora , que suena a publicidad, ha contribuido en la constitución de sociedades más justas, solidarias y protectoras?

Instalarnos en una cierta legalidad establece un cierto orden de las cosas, la ley en el seno familiar se fija a partir de la prohibición del incesto, lo que establece un orden filiatorio y generacional. En algún término marca la distancia subjetiva entre adultos y niños.

Hoy somos testigos de la transgresión del límite, hay adultos abusando de su poder y quebrando los límites generacionales, alterando e irrumpiendo la legalidad filiatoria (Minnicelli) con todo el impacto subjetivo que esto implica.

La contención normativa nos permite convivir, nos entrega la posibilidad de vivir con otros, con la diferencia, con la distancia. Hoy asistimos al repudio de la diferencia y nos comportamos de manera simétrica, adultos y niños atravesados por el mismo interés competitivo y de consumo, si somos iguales ¿quién pone el freno?

La violencia hacia la infancia y la sociedad toda, no está circunscrita al abuso sexual, está instalada también en la descalificación y en otros tipos de agresión al otro, así la invasión de un cuerpo infantil, no sólo afecta a ese niño o niña en particular, ni a sus familias, impacta también en la instalación de los lazos de confianza que permiten construir sociedad con otros, que nos permiten convivir en armonía propendiendo hacia una sociedad más justa, más comprometida con el padecer y no hacia la construcción subjetiva de desconfianza y venganza que prima en nuestros días.



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