EL Observador

17:10 hrs. Viernes 17 de agosto de 2012 Eric Alarcón Cofré

La fiesta de la democracia

Eric Alarcón Cofré / Profesor de Historia

En este nuevo año de elecciones, cuando el deber cívico nos llame a las urnas, se escucharán frases llenas de hipocresía demagógica para hacernos creer que con sólo marcar el nombre de un candidato, estamos participando en un acto que afianza nuestra institucionalidad, pero lo único que logramos es ser un peldaño más en esta lucha por llegar al poder, que ingenuamente hemos dado en llamar democracia.

Las caras sonrientes de los políticos y sus forzadas reflexiones suelen ser risibles a la hora de los eventos eleccionarios, pues sus frases dan cuenta de su poca capacidad terminológica. Pues claro, porque eso de darle al proceso un carácter ejemplificador de la civilidad o consagrarlo como expresión de la ciudadanía, son formas de encubrir sus aspiraciones para ocupar un cargo representativo. Sin embargo, lo que más llama la atención es de calificar a las jornadas plebiscitarias como la fiesta de la democracia.

Aclaremos las cosas. Motivos que nos lleven a celebrar la elección de candidatos, sinceramente, no creo que existan, sobre todo si después de ser elegidos, brillan por su ausencia. Entonces, convengamos que la fiesta será para ellos, porque el jolgorio electoral es un banquete de grandes dividendos políticos. Frente a tanta ambición por ocupar un puesto queda la duda sobre si estos personajes tienen un verdadero compromiso de servicio público o sólo quieren asegurar su futuro a costa del esfuerzo diario de todos los chilenos.

Así las cosas, hemos visto cómo nuestras elecciones se han convertido en malones donde cada partido quiere mostrarse como el invitado que ha traído más golosinas, en este caso, parlamentarios, alcaldes y concejales. Es algo choriflái (como diría Papelucho) ver la desesperación de nuestras lumbreras democráticas por entrar en la fiesta, donde los mejores trajes, sonrisas, caras felices y agradecimientos varios completan el cuadro de tan conmovedora intención de convertirse en parte de la élite gobernante. Los que no alcanzan a entrar, por supuesto, prepararán sus mejores galas, frases y ganas de ser los próximos. Como son muy golosos, amigos de los buenos manjares propagandísticos y gastando todo el dinero que la ley les permita, no se conformarán con las migajas, sino con la torta completa y no quedar bajo la mesa.

Y nosotros, los electores, vemos desde fuera como la pasan muy bien y cuando queremos entrar, todo ya ha terminado y sólo queda una orquesta tocando, conformándonos con ser parte del baile de los que sobran.

Cada vez que se acerque una elección, tendremos música alegre, globos, serpentinas y afiches, invitándonos a sumarnos a la parranda y trabajar por un aspirante a servidor público. Veremos cómo nos ofrecen su mano para las fotos de campaña, rodeados de incondicionales y otros que sólo les acompañan para obtener algún beneficio personal, dejando tarjetitas de invitación que son la prueba de su intención, para votar por ellos en los puerta a puerta, colgando lienzos con sus nombres, afeando el entorno donde vivimos. ¿Y eso es democracia? Lamentablemente, según la definición moderna del término, el cual ha sido manoseado hasta la saciedad, sí, lo es, aunque sea injusto para nosotros, quienes debemos elegir ya sea por partidismo, en conciencia o simplemente, porque es lo que hay. Siendo así, sólo nos queda una pregunta por hacer... ¿De qué fiesta nos están hablando?



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