EL Observador

12:24 hrs. Martes 07 de agosto de 2012 Renato Achondo Pizarro

Con los ojos húmedos

Estuve toda la tarde del sábado con los ojos húmedos, viendo por televisión el atletismo en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Cantidad de evocaciones gratas se agolparon en mi mente. Recordé los entrenamientos y el equipo de atletismo del Instituto Rafael Ariztía para asistir al Campeonato Interescolar Nacional de Atletismo que se desarrollaba en Santiago en los años sesenta.

Alojábamos todos los atletas en una casa de retiro del barrio Independencia. El domingo por la mañana asistíamos a misa de 7 en una iglesia de ese sector. El coro que formábamos los atletas entonando las conocidas canciones religiosas aprendidas en el colegio, hacía que las madrugadoras beatas que llenaban en esos años las misas de la mañana y hasta el cura (que hacía la misa de espaldas a los fieles) se dieran vuelta a ver quiénes eran los "ángeles" que cantaban.

Recordé también un Campeonato Iberoamericano que se efectuó en Santiago en el año 58 o 60 al que asistimos con mi padre, gran deportista y fanático del atletismo.

Participaba España, los países sudamericanos de habla hispana y Brasil que arrasó con la mayoría de las medallas. Me impactó en el salto triple un negro de Brasil, que era campeón mundial de la especialidad y regaló las zapatillas de clavos con las que había ganado el título mundial, a la federación de Atletismo de Chile. Vimos todas las pruebas del Decatlón en las que un chileno, Juris Laypenick fue gran animador ganando medalla con una emocionante final de los 800 metros, la prueba final del decatlón. Aprendí porqué la puerta de salida de la cancha del Estadio Nacional se llama de la Maratón. Por allí salieron los atletas del Maratón, mientras se seguían efectuando diversas pruebas al interior del estadio. Las de velocidad 100 y 200 m., las de medio fondo 800 y 1500 y las de fondo 5.000 y 10.000, lanzamientos y saltos. Luego de una par de horas comenzaron a llegar de vuelta.

El Iberoamericano culminó con un desfile de las Delegaciones participantes, presididos por su abanderado y vistiendo vistosos uniformes. Todo era emoción, respeto y caballerosidad, entre el público y en la cancha. Qué grande el atletismo.



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