EL Observador

16:54 hrs. Viernes 13 de julio de 2012 Alonso Aranda Araya

Rigor y talento para el buen desempeño del oficio

Cualquier reportero o periodista que se precie de tal, sabe que el oficio tiene riesgos. Quizá aún más cuando se ejerce en comunidades pequeñas, donde el público sabe o puede averiguar -a pesar que las notas no lleven firma del autor- qué profesional escribió tal o cual crónica.

Es que en comunas como las de nuestra cobertura, los lectores -sobre todo cuando se convierten en fuentes de la noticia- conocen al reportero en terreno y lo identifican claramente. Pero además, después se lo pueden encontrar comprando en el supermercado, en la feria, en un restaurante o en un bar.

Que una autoridad o cualquier político ubique al periodista, que sepa su nombre y apellido, que lo vete y no le entregue cuñas, o que incluso, lo ponga en su "lista negra" porque escribió un reportaje que lo perjudicó, jamás será más comprometedor que el familiar de un fallecido o de un imputado, por ejemplo, encuentre injusta o poco veraz la crónica que protagoniza su ser querido.

Es por esta razón que el trabajo del profesional debe ser riguroso. Para cumplir este cometido, en primer lugar, el reportero debe conocer su zona de cobertura. Comunas, localidades, poblaciones, calles, callejones y los rincones más periféricos deben ser incorporados al mapa periodístico.

Cada lugar de los hechos donde se reportea, es una especie de tablero de ajedrez, en el cual cada pieza tiene su rol asignado y cada movimiento trae consecuencias y significa un posible cambio al finalizar el juego. El periodista debe estar atento y no dejarse engañar ni por el rey ni por los peones.

Pero además de severidad y respeto, tanto con las fuentes como con los lectores, quienes en menor o mayor medida saben cuando se les trata de meter el dedo en la boca, al menos desde esta tribuna también hay que saber cautivar y eso se hace contando buenas historias.

Los más puristas y también menos talentosos, separan el periodismo de la literatura. Pero los que aprendimos no solo leyendo a Jesús Martín-Barbero y Marshall Mc Luhan (o escuchando conceptos del profesor de turno en la Escuela de Periodismo), sino que también afinamos la pluma con lecciones de periodistas-escritores como García Márquez o Hemingway, tenemos claro que ambas disciplinas son complementarias y muchas veces se vuelven una sola. Todo para entregarle al lector hechos reales, pero también una lectura fresca y entretenida.



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