Realización de grandes cosas. Obtención de logros significativos. ¿A qué ser humano, que haya tenido la fortuna de arribar a este mundo, no le asaltará en el transcurso de su existir alguno de estos pensamientos?
Quien señale que, a propósito desea pasar por siempre desapercibido y sólo se dedique conformistamente a acompañar la voluntad de otros, mucho se equivoca.
Formar parte de un tranquilo rebaño o integrar estáticamente una sociedad poco emprendedora, sólo equivaldrá al disfrute de un pasar tranquilo, pero con frecuencia de amargo gusto.
Aquella gruesa venda que nunca atinó levantarse, impidió sospechar siquiera, que tras una pared, o luego del siguiente paso que jamás se intentó dar, existe todo un mundo esperanzador y rico en realizaciones de todo tipo.
El resultado de un balance de vida, aunque nunca plenamente perfecto, en raras ocasiones consulta cifras de raza, fuerza o riqueza. Generalmente el desprotegido será beneficiado subsidiariamente con otro tipo de cualidades a fin de enrasar el aspecto de la oportunidad.
Coincidente al ingreso a los cursos de humanidades , en mi añorado Liceo Coeducacional quilpueíno, con la fortuna de tener profesores de la talla de Gronemeyer, Lubet y Nicolini, comenzaría a considerar que la estadía en este mundo debía estar acompañada de autodesafíos.
Basándome en ello, no justifico para esta terrenal vida de paso, la posición de aquellos que sólo se conformaron con triunfar en una carrera de espermatozoides y que prontamente optaron por una actitud de sobrevivencia plana, metódica, inconsistente y definitivamente aburrida.
Desaprovechar el milagro del verdadero vivir, hasta me parece como un acto de irresponsabilidad difícil de justificar en el purgatorio.
Ojalá aparezca ese instante de breve análisis, y aún cuando detenidos en el camino de la vejez se pueda al menos reconocer aquel opaco pasado. Allí se comprenderá que las posibilidades de servir al prójimo fueron inconmensurables y que rara vez se extendió esa mano de ayuda o de simple saludo. Pena profunda sentirán aquellos que poseyendo el conocimiento, pocas veces entregaron un sano consejo, como tampoco se tomaron el tiempo para guiar adecuadamente al equivocado.
Al concluir, solo cabe esperar que en aquel especial silencio que debiera acompañar el entorno de esas personas, se les beneficie con la claridad postrera, para así, aunque en el último día de existencia, corrijan su proceder.