EL Observador

11:12 hrs. Martes 12 de junio de 2012 María Francisca Pizarro C.

¿Te cuento un cuento?

María Francisca Pizarro C. / Profesora Educación General Básica - Orientadora Educacional PUCV

Hace unos días murió una tía muy querida, amiga de mi madre, a quien recuerdo con mucho cariño: mi Yaya.

"¿Te cuento un cuento?" comenzaba sus conversaciones que acompañaban mi infancia. Por las noches (aunque no exclusivamente en ese tiempo) me contaba cuentos de princesas y príncipes que cabalgaban en sus corceles y luchaban porque el rey no muriera... mientras yo soñaba con los paisajes, las hadas, los espacios y dormía con imágenes que acompañaban mi pensamiento. Me hacía preguntarme cosas, imaginarme mundos, completar historias. Esperaba con ansias que llegara a mi casa y comenzara sus historias: "Había un rey que tenía dos hijos, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco..." o la famosa "Flor del Liriray". A veces historias que alargaba por largo tiempo para darle mayor emoción, otras, con la luz apagada y acompañada de una linterna, para darle suspenso...

Al parecer hoy el ajetreo de la jornada ha dejado de lado el mundo de sueños y fantasías, propio de los niños, en un maletín lleno de papeles o en el último videojuego que ha salido al mercado. Lo que se hacía propio en tiempos de antaño, hoy se está olvidando cada vez más.

Es habitual escuchar entre los niños que no ven a sus padres o madres, porque llegan tarde del trabajo y que se duermen viendo televisión, o lo que es más inquietante: que se duermen viendo televisión mientras sus padres ven televisión en el otro dormitorio.

Mi Yaya contaba que ella recibió esta tradición de su abuela, en el campo, rodeando un brasero y donde la única entretención era compartir mundos eternos al calor del fuego. Y fue eso lo que quiso compartir conmigo, claro que dejando el brasero a un lado...

La educación de años atrás traía consigo mil letras enlazadas y bañadas en mundos nuevos, con dragones, caballeros andantes, reyes, mientras la imaginación infantil fluye, avanza, se mueve, motiva reflexiones, y el pensamiento se vuelve más divergente, "preguntón", crítico...

Y hoy, como docente de aula, veo los rostros de "mis niños" al escuchar un cuento: los ojos que brillan, las caras que se emocionan, las sonrisas que brotan, las exclamaciones que nacen, todo con una simple y mágica historia. Así es posible ver crecer niños con mayor sensibilidad del mundo, mejor memoria, mayor vocabulario, capaces de escuchar al otro y enfrentar sus propios temores ¡Qué maravilla la capacidad de asombro de los chiquillos! ¡Y cuánto de eso hemos perdido! (Me imagino que también reaccionaba así en mi niñez).

Hagamos la prueba: toma un cuento y léelo a tus hijos, hijas, sobrinos... ya verás cómo la unión que existe entre ustedes se fortalece y nacerá un código único que será perenne hasta después de la muerte.

Hoy, después de varias décadas, aún puedo recordar el cuento aquel del "Rey que tenía dos hijos, uno se llamaba Pancho y el otro..."



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