EL Observador

11:34 hrs. Jueves 12 de abril de 2012 Felipe Zúñiga Herranz

La sana gratuidad

Felipe Zúñiga Herranz / Médico Psiquiatra

Nuestra cultura actual está construida sobre una serie de prejuicios teóricos convertidos en dogmas, argumentados muchos de ellos como hechos científicos. La noción de progreso, la necesidad de crecimiento sin fin en todos los planos de la experiencia humana -como condición sine-qua-non del bienestar-, es tan sólo la punta del iceberg de estas falacias. "Más es igual a mejor" ha sido la idea fuerza que, a partir de la Revolución Industrial, se ha instalado ampliamente en cada pliegue de la vida humana.

Las Teorías Evolutivas han sido argüidas como soporte para estos constructos: la visualización de la vida como torrente ascendente, imparable, lineal, que deja en el camino a todo aquello incapaz de seguir el ritmo. Desde esta visión surge la idea de "aptos versus no-aptos" en la lucha por la vida, simplificación caricaturesca de lo planteado por Darwin.

Los actuales modelos socio-económicos han recogido estos conceptos para justificar el sistema productivo; "El ser humano es intrínsecamente egoísta... tiende a la acumulación, al lucro, a la ambición... a generar la mayor ganancia posible al menor costo...", son "Caballos de Batalla" usados en las Ciencias Económicas para sustentar prácticas de asignación y administración de recursos, en base esta distorsión de "evolucionismo al mejor postor".

¿Está el Ser Humano "programado" (desde su biología) a operar de manera "natural" sólo en la lógica de la Oferta-Demanda? Pese a no contarse con respuestas definitivas, se ha operado como si no hubiese alternativa, desdeñando formas de organización colectiva que privilegian el cooperativismo y la solidaridad, y omitiendo que las conductas humanas utilizadas como fundamento (egoísmo, acumulación desmedida, competitividad extrema, etc.) son producto (consecuencia y no causa) de este sistema productivo. Más aún, los elementos que dan el carácter propiamente "humano" a nuestra existencia, pareciera difícil insertarlos en esta "lógica económica transaccional".

Es evidente que aspectos de la vida temprana como el apego y vínculo con el progenitor, se dan en un ámbito de gratuidad absoluta, en vistas a un adecuado desarrollo psíquico y físico. La salud (en especial la mental), puede sólo mantenerse en un ámbito de donación amplia, considerando en esto no tan sólo aspectos concretos (alimentación, cuidados, abrigo, etc.) sino, especialmente, "insumos emocionales", en ningún caso acotables bajo la curva oferta-demanda.

Es en la tensión profunda entre esta "forma de estar en el mundo" basada en la transacción versus la necesidad primaria de gratuidad, donde comienza el "malestar" de nuestra cultura, el que finalmente encuentra su expresión en la enfermedad. No sería antojadizo plantear que un buen porcentaje de los desórdenes de salud (en especial los mentales), tendrían su origen en esta contradicción. Porque, es la gratuidad aquel espacio que da sentido y espesor a la existencia, y es en ella donde surgen los gestos humanos más sublimes, como el amor, el arte o la experiencia mística. Al verse "contaminada" esta entrega por otro tipo de lógicas, lo "humano" comienza a tambalear (baste sólo imaginar que tipo de relación resulta de una madre que "contabilice" cada gesto amoroso hacia su hijo para cobrárselo de manera directa después).

Parece entonces necesario, hoy más que nunca, atender a esta sobrevaloración "de lo transaccional", a la pérdida y abandono de la gratuidad como raíz de nuestras dolencias más profundas, los dolores del alma que tantas veces terminan retratados en el cuerpo.



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