EL Observador

12:05 hrs. Martes 06 de marzo de 2012 Natalia Chinchón Zurita

Esos locos bajitos

Hoy quiero permitirme utilizar el título de Serrat para continuar escribiendo sobre la crianza, ya que nuestro hilo conductor corresponde a la pregunta ¿para qué estamos criando a nuestros hijos? Y esta vez deseo invitarlos a reflexionar con respecto a la forma moderna de relacionarnos con ellos. No deseo caer en odiosas categorías ni menos etiquetar las relaciones, más bien los invito a observar a su alrededor.
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¿No tiene usted, a veces, la sensación de que los adultos nos estamos desbordando frente al comportamiento y las demandas de los niños? Al parecer la época y sus cambios de escenario han ido propiciando nuevos lazos sociales a los que subyacen también nuevos valores. Los niños ya no juegan en los parques, se pasean por el mall, la mayoría de las veces acompañados por padres que se sienten culpables si les niegan el juguete de moda, nuestros hijos ya no se relacionan, ni menos pelean con sus pares en las plazas (algo tan importante para la socialización y el desarrollo de la tolerancia y el respeto), porque siempre está la mirada hipervigilante de un padre o de una madre que no resiste agravios para sus hijos y se levanta rápidamente a defenderlos, pues, además, la calle está cada día más peligrosa, qué decir cuando los niños se juntan en alguna casa, ya no se ven pelotas, ¿para qué? Si con la Wii es como si jugaran de verdad, como si pelearan de verdad y no olvidar la cantidad de palabras que intercambian dos niños jugando videojuegos, ¿han escuchado alguna vez algo más que un: te toca?

¿Cuándo fue que olvidamos que la paternidad no está en el mercado y que se construye día a día con entrega y amor?, que no existe manual ni tips que nos den la respuesta a todas las dudas que nos surgen en este proceso, porque desconocemos el oficio, parafraseando a Serrat que nuestro sacrificio económico y nuestro afán de sufrir nosotros por ellos, no es la mejor herencia que podemos dejarles, que eso sólo los hace más vulnerables y tan o más temerosos que nosotros mismos, que la estimulación externa (televisión, videojuegos) jamás podrá reemplazar una buena conversación de toda una familia reunida en la mesa.

Tenemos miedo, mucho miedo, pero ¿a qué le tememos? Quizás muchos desconozcamos esa respuesta, pero lo que sí sabemos es que son esos miedos los que nos están impidiendo poner límites claros y firmes. Los niños deben imperiosamente vivir las consecuencias de sus acciones y que esas consecuencias no son sólo individuales sino también colectivas, eso no se aprende con teoría ni con experiencias ajenas y añejas, ni menos en el mall ni con videojuegos, se aprende desde pequeñitos con nosotros acompañando el proceso. Es difícil, lo vivo cada día, pero les puedo asegurar que la intuición materna es mucho más efectiva que el manual de moda de la psicóloga de la televisión.



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