EL Observador

12:04 hrs. Martes 06 de marzo de 2012 Iván Garrido

Comer o alimentarse, esa es la cuestión

Desde tiempos remotos, la supervivencia de la especie fue determinada por dos factores críticos: su capacidad de conseguir comida y de reproducirse y el haber llegado hasta nuestros tiempos demuestra lo exitoso de dicha empresa. Nuestras necesidades hoy nos obligan a evolucionar respecto a ellas y en lo particular, respecto a nuestra alimentación, seleccionando nutrientes de mejor calidad y valor biológico. Las altas tasas de obesidad de la población, incluyendo los alarmantes índices infantiles, nos dan un pronóstico nada de alentador para los años venideros.

Para una alimentación saludable los cambios deben ser profundos y sostenidos, parte de la política social de un país, que se preocupa de educar a la población de sus beneficios, pero también asegura su promoción a través de un acceso oportuno a esos alimentos deseables, con precios razonables que permitan su preferencia por sobre otras alternativas menos o nada de saludables. Hoy día nuestra esperanza de vida es muy superior a la de antaño, superando los 73 años en hombres y 76 años en mujeres, quedando la desnutrición en un porcentaje marginal que fue reemplazada por su par opuesto, la obesidad; por ello y por todos los beneficios demostrables y estudiados es que no hay tiempo que esperar para comenzar a alimentarse bien.

Se estima que al año 2020 la población obesa de Chile sea aún más significativa, entre las razones además del sedentarismo están una alimentación inapropiada que comienza en la infancia y que se reproduce en la adultez, que trae consigo trastornos de movilidad, trastornos del sueño, mayor riesgo de infecciones y una mayor incidencia de diabetes mellitus, hipertensión arterial y otras enfermedades, con sus complicaciones inherentes. También esperamos un aumento de nuestra población adulta mayor, con sus múltiples comorbilidades, con su polifarmacia a cuestas y con ese desafío permanente de darle vida y calidad a los años.

¿Qué hacemos entonces? informarnos; saber que es saludable y qué no; exigir un acceso oportuno y un valor justo a dichos alimentos; incorporar esos alimentos a nuestra dieta regular y a nuestra vida. Una paradoja digna de nuestros tiempos es que pagamos por comida y a la vez, por los estragos que esta comida causa en nosotros. Tal vez sería más efectiva una alimentación más sana y una actividad física regular como caminar al menos 30 minutos 3 veces por semana, que comer desordenada y descontroladamente; para luego intentar con una pastilla milagrosa, con una dieta insana o con una vigorexia enfermiza alcanzar una figura o peso adecuado.


Respecto a qué comer, va a depender de múltiples factores, entre ellos: las necesidades fisiológicas que poseo, mi biotipo físico, del grupo etáreo al que pertenezco; pero como regla general: la dieta debe ser variada, incluyendo todos los colores de alimentos, privilegiando alimentos frescos, y naturales; además de porciones adecuadas distribuidas en un mínimo de 4 raciones diarias.

Evitar todos los excesos, el privilegiar sólo unos alimentos, los condimentos, sal, azúcar, grasas saturadas, aceites, etc.

Si nos pensamos en los adultos mayores, sus necesidades son especiales respecto a otras edades; tienen mayor riesgo de osteoporosis, constipación, anemia, infecciones urinarias y deshidratación; por lo cual frutas, verduras, lácteos descremados, carnes de preferencia blancas y la olvidada agua, son fundamentales, pero nuevamente imposibles de extrapolar a todos las personas, pues influye su condición basal, sus comorbilidades, los fármacos que consume, etc. Sí es sugerible en este grupo un consumo promedio de agua de aproximadamente 6 a 8 vasos diarios (suponiendo 200cc por cada uno), lo cual se restringe en caso de poseer patologías cardíacas con tendencia a congestión pulmonar. La restricción de sal es otra buena práctica alimenticia, pero no sólo de la sal libre en los alimentos; también considerar la utilizada en su preparación y la que poseen inherentes ellos. (Se sugiere evitar los alimentos que vienen en polvo para su preparación en agua, pues suelen tener altas concentraciones de sodio; ejemplos muchos: sopas en sobres, flanes en polvo o similares)

Por último recordar una premisa de oro: todos los cambios, incluyendo los cambios en estilo de vida y alimenticios deben ser progresivos y con la suficiente paciencia y flexibilidad para que sean sostenidos en el tiempo. Así, ante un paciente adulto mayor que presenta obesidad e Hipertensión arterial y en sus hábitos alimenticios está el comer 6 pan blancos al día y 10g de sal; se le debe sugerir reducir paulatinamente ambos hábitos, incluso sugerir cambiar el pan blanco por integral (rico en fibra mejora tránsito intestinal); pues una suspensión brusca y repentina de este mal hábito alimenticio, lo más probable es que no logre adherencia al cambio y refuerce su conducta previa.

No olvidar que el aumento en el consumo de sal y azúcar puede ser también resultado de un proceso normal del envejecimiento donde nuestro sentido del gusto se va deteriorando; por ello todas estas consideraciones y el equilibrio en las medidas de intervención son fundamentales en alcanzar los objetivos planteados.

Para más información sobre el tema recurra a los nutricionistas, cuyo campo de acción excede la simple entrega de una minuta de alimentos diarios, y por cierto la evaluación de su médico quien orientará sobre las metas a alcanzar y los tiempos adecuados para ello, sin embargo el cuestionamiento ya fue planteado y es una decisión personal: comer o alimentarse, esa es la cuestión.



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