EL Observador

12:06 hrs. Viernes 17 de febrero de 2012 Gustavo Boldrini Pardo

Antiguas paternidades

Cuando la gente migraba, se llevaba en el corazón hasta el nombre de sus lugares de origen. Como en ese cuento de Ray Bradbury, cuando en la fila que se hace para abordar una nave que vuela a Marte, se ve a hombres, mujeres, niños que aferran banderines, flores, posters y hasta tierra y mapas del lugar que dejan.

Aquí, a la zona, muy cerca, pueblos enteros llegaron del norte, uno del sur, trayendo sus técnicas de trabajo, palabras, sueños y también sus nombres. Hoy les conocemos como Pachacamita, Petorquita, Barracita... y medio olvidados Coquimbito y Maulecito. Así, en diminutivo, como dejando claro que son hijitos de lejanías como Pachacamac, Petorca, Barraza, Coquimbo y el sureño Maule.

Hay dos ejemplos mayores en el territorio continental. Uno es el Chilecito que se encuentra en Tucumán, Argentina, cuyo nombre celebra, con tierna claridad, a sus fundadores. El otro es Chile Chico, en lejanía meridional, al viento, suplicando que no lo olviden, con ansia enorme por filiarse a una madre que quedó tan lejos.

En esos dos ejemplos es muy fácil darse cuenta que primero fue Chile. En cambio, en los de nuestro valle, solo podemos intuir antiguas paternidades aunque de rostro tan nítido que sería innecesario negar su ADN cultural.

Lo más imperecedero que estos pueblos trajeron desde sus lugares de origen fue su religiosidad y la belleza corporal. Hasta hoy los bailes chinos, con sus indumentarias y sonidos ancestrales, nos transportan a una antigua dimensión sagrada y simbólica. Cuando hay fiesta, Pachacamita vuelve a ser uno de los pueblos del Collasuyu Inca. En el barrio Petorquita vibran las décimas a lo divino, en la noche anterior a la fiesta del Carmen. No solo sacralidad y símbolo; también, mientras la historia no les devele su genética, seguirán siendo un secreto o una bella pregunta acerca de nuestros orígenes.

Me pregunto, ¿se nombra aún a Coquimbito, el antiguo caserío que estaba cerca de la Punta de Torrejón? ¿Se recuerda a Maulecito, casi en el centro de La Cruz? ¿Y por qué maule, una palabra mapuche que significa "robles entre nieblas", lleva un diminutivo en español? ¿Y cómo le habrá ido al padre Aguiar, en agosto de 2010, cuando fue a rezar a una casa de Pachacamita porque en ella "había tres almas en pena"? En fin, preguntas que nos acercan a una poética regional que se debe cuidar.

Si para Chilecito o Chile Chico, Chile sólo es una huella gigante a la que ellos quieren seguir o arrimarse; para Pachacamita, Petorquita, Barracita, Coquimbito y Maulecito, Chile es el Estado al que hay que exigir reconocimiento, comprensión y protección para que tan bella diversidad cultural siga dándole identidad americana a nuestra región.

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