Elba Moreno Cataldo. Así se llamaba mi abuela paterna. El sábado se apagó su luz. Su cédula de identidad dice que nació en Illapel en 1913, pero como ella se encargaba siempre de contar, su madre la llevó al Registro Civil cuando tenía 7 años. Vivió gran parte de su vida en la comuna de La Cruz y enviudó joven de un abuelo al que no tuve la suerte de conocer. Sola crió a ocho hijos, trabajando de sol a sombra, cuidándolos como una gallina a sus polluelos, hecho que aún recuerdan en la comuna.
Querendona, pero firme. Colocolina a rabiar, algo que impregnó el ADN de todos nosotros. Le encantaba contarme que Misael Escuti y Francisco "Chamaco" Valdés llegaban al Hotel Capri cuando jugaban en la zona y siempre que yo se lo pedía, rezaba para que los albos ganaran.
Hay muchas cosas que rescatar de mi centenaria abuelita, pero creo que el mejor ejemplo son los valores que le dejó a mi padre y que él me ha transmitido con hechos, más que con palabras. La bondad, humildad, sencillez, lealtad, respeto, rectitud y el valorar a las personas por lo que son, no por lo que tienen. Hoy en día pareciera que esos valores importan poco o son dejados en un segundo plano. Últimamente he pensado si de verdad vale la pena ser buena persona, preocuparse por los demás sin pedir nada a cambio, dar sin recibir. Me lo pregunto porque a ratos uno se topa con personas que siguen midiendo a los otros no por sus virtudes y valores, sino por la cantidad de dinero que tienen en la cuenta corriente. Yo al menos creo que vale más tener al lado a una buena persona y con bellos sentimientos que alguien con una gran billetera y sin valores. Es cierto, el dinero ayuda, pero no siempre es lo mejor. Como alguien me dijo una vez, a la hora de irse a la tumba, ¿de qué importan las cosas que acumulamos?
En las películas los buenos siempre ganan y los malos tienen su merecido, pero todos sabemos que en la dura vida real, eso casi nunca se cumple. Los que mienten, roban y pisotean a sus prójimos para conseguir sus objetivos, prevalecen y están mejor posicionados. Los que adulteran la verdad, hablan mal del resto, engañan y les importa un pepino trapear con la gente, la mayoría de las veces acaparan sitios de privilegio.
Llámenme iluso y romántico, pero seguiré creyendo que es mejor luchar por ser mejor persona, entregar amor y cariño, ser transparente y sincero, no mentir y ser fiel a mis convicciones, y sobre todo respetar aunque no reciba lo mismo de vuelta. Estoy seguro que mi centenaria abuela crucina estaría de acuerdo.