EL Observador

13:04 hrs. Viernes 06 de enero de 2012 Alonso Aranda Araya

Hay tiempo, y si no hay, está bien igual

No sé bien porque será, pero tengo la cruda sensación de haber comenzado mal este 2012. En la celebración de año nuevo no me comporté como niño bueno, pero tampoco acabé de manera patética el largo transitar por Valparaíso, donde pasé las doce, la una, las dos y las tres...

En el puerto querido fui testigo cercano de la imbecilidad del -a esta altura ya reconocido- conductor distraído, como también de la bestialidad de otros tantos seres humanos, que parecían una especie de caníbales urbanos en un ritual que pudo ser aún más sangriento.

Observé de cerca toda la cinematográfica escena -al borde del Gore- pero en realidad estaba lejos de aquello. Mi cabeza estaba en otra parte. Mi preocupación era otra. Luego volví a subir, desde donde momentos antes había bajado. No me involucré.

Pasadas unas horas, ya repuesto, con la ayuda de una piadosa paila marina, reflexioné acerca de lo que había presenciado, de mi actuar en aquella brutal situación. Me sentí ajeno a esa violencia. Me di cuenta que lo primero, el atropello a cinco peatones, no me causó ira, y que lo segundo, el linchamiento al piloto, no me produjo compasión.

Lo que confirmé, a la vez, fue que no se debió a que tuviera unas cuantas copas de alcohol en el cuerpo, o que el festejo fuera tan monumental, que todo lo demás me diera lo mismo.
En realidad, lo que pasa es que vengo acarreando asuntos pendientes desde el año pasado, o mucho antes. Hay una frase de una canción de una banda argentina llamada Cienfuegos que dice: "Cuántos pecados he cometido, mejor que no empiece a contarlos". A veces necesario, otras muy contraproducente.

Quizá deba ser mejor padre, mejor hijo, mejor hermano, mejor compañero. Intentar ser un profesional aún más comprometido. Hacer ahora lo que siempre dejo para mañana, o simplemente tener disposición para ser feliz. No sé, podrían ser todas las anteriores.

Lo más importante, intentando redondear mi ideas dispersas, es que da lo mismo que crea haber empezado mal el 2012. La verdad, es que el 31 de diciembre no es el fin de algo y el 1 de enero tampoco es el comienzo de otra cosa.

La vida es un continuo imposible de trozar, menos aún existen los "borrón y cuenta nueva". Lo hecho mal ayer lo más seguro que se cobre venganza hoy. Pero hay tiempo, y si no hay, está bien igual.



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