EL Observador

8:27 hrs. Viernes 11 de noviembre de 2016 Miguel Núñez Mercado

La goma de borrar

Asistimos a la era del término de la goma de borrar. Creo que habría que preocuparnos. Por lo menos, yo lo estoy, y desde hace un buen tiempo. Se acaba -como muchas otras cosas- algo que acompañó largamente mi infancia. Aún están en mí memoria su olor a látex, su sabor a chicle y los deslavados colores azul y rojo, con los que, aseguraban, quedaríamos inmaculados de cualquier pecado de tinta o grafito.

Ya pasó con el tintero, con la almohadilla, con la tiza, con el papel secante y el milimetrado. Hasta las campanas se fueron de las escuelas, y nadie dijo algo. Entramos al pulcro mundo de la tecnología sin dar ni siquiera las gracias a esos elementos con los que aprendimos tantas cosas. Antes que la goma de borrar no sea más que un recuerdo, alguien tendrá que reconocerle sus méritos.

La goma de borrar es el primer elemento que usamos en la vida que nos enseña que nos podemos equivocar y redimirnos. Si en la educación, (y en la vida) se aprende errando y corrigiendo, la goma debería tener, por lo menos, un monumento frente al Ministerio del ramo.

Sin embargo, no es el recuerdo ni los prodigios de la goma de borrar lo que realmente me llevan a escribir acerca de tan singular implemento. Lo que me preocupa es que la goma representa una época que, difícilmente, volveremos a repetir.

Con ella se va esa posibilidad que teníamos de desdecirnos, de experimentar. De reconocer nuestros errores y retractarnos; de hablar desde el altar de la tinta, con la retórica y los dogmas que suponíamos verdaderos, y, luego dar marcha atrás, como si nada.

Aunque, en realidad, nunca fue tanto. La goma de borrar siempre dejaba una huella -o una herida- en la página en blanco que nos recordaba la petulancia que tuvimos al asegurar en caligrafía algo que, después, ya no nos parecía cierto.

Quizás por eso echo de menos la goma de borrar y me manifiesto preocupado por su partida. Aunque también pienso que nunca sirvió de mucho para lo que supuestamente servía y la goma de migajón -hecha con migas de pan- era tan eficiente como la susodicha, hasta que se endurecía.

Los pasos de la goma de borrar por la página en blanco, por las líneas o los cuadros de las hojas de los cuadernos nos recordaba, negros, siempre nuestros yerros y faltas. Y, eso es lo que valoro como la herencia que reclamo de la goma de borrar, que está en las postrimerías de su existencia.

Creo que el principal legado de la goma de borrar es darnos la posibilidad de equivocarnos y luego desdecirnos. Aunque siempre nos recordará -en borrones- nuestros pecados caligráficos, de la tinta, del grafito y, luego, de la pasta.

También de los otros pecados. Aunque, como decía la poetisa Irma Isabel Astorga, "para subir al Cielo sólo se necesita una goma. Al final, y hagamos lo que hagamos, siempre habrá borrón y cuenta nueva



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