EL Observador

10:44 hrs. Viernes 28 de octubre de 2016 Roberto Silva Binvignat

Crisis de representatividad

Tras las elecciones, la palabra abstención fue la más repetida. El concepto se robó la película, porque desde que el voto es voluntario, el padrón creció automáticamente a todos los mayores de 18 años, pero las ganas por ejercer el deber cívico, bajó considerablemente, peligrosamente.

¿Sabe cuánta gente podía votar en Quillota? Poco más de 72 mil personas. ¿Sabe cuánta gente le dio el voto al alcalde Luis Mella? 17.318 personas (de 24 mil que acudieron a sufragar). Y ahora... ¿cuánta gente no votó por el alcalde reelecto? Más de 55 mil personas. Es para sorprenderse, porque el doctor Mella (que triunfó con el 71%) dirigirá la ciudad con una gran mayoría de "indiferentes".

Pero Quillota no es una excepción, más bien, una constante nacional. ¿Sabe cuánta gente podía votar en La Calera? Poco más de 43.763 personas. ¿Sabe cuánta gente le dio el voto a la triunfadora Trinidad Rojo? 8.666 personas (de 17 mil 500 que acudieron a sufragar). Entonces, ¿cuánta gente no votó por Trinidad? Más de 35 mil personas. Nuevamente gana la gran mayoría de "indiferentes", a pesar de que consiguió el 51% de los sufragios válidamente emitidos.

En Limache podían votar 36.327 personas y Daniel Morales ganó con más de 7.600 votos; es decir, 28 mil personas no le dieron su respaldo. Y en La Ligua, podían votar casi 29 mil personas, por Raúl Sánchez lo hicieron 6.860 personas; y los que no apoyaron al alcalde son casi 24 mil personas. Sacar los porcentajes de estos oscuros números es vergonzoso para nuestra democracia.

Esta es una pequeña muestra de una realidad que no hemos desglosado. Números que también desnudan la crisis de representatividad en la que nos dejó la indiferencia denominada abstención. El tema no es menor, porque se supone que el descrédito de los políticos no golpeaba tan fuerte la esfera municipal, donde uno escoge sobre los destinos que más le importan, en sus calles, su comercio, sus áreas verdes, etc.

La gran mayoría de indiferentes se torna un problema de representatividad para los ediles, que gobernarán igual, con todas sus facultades -como corresponde-; pero tendrán que observar mejor sus políticas y sus decisiones, dado que el respaldo objetivo que tienen es cada vez menor.

El debate por la vuelta del voto obligatorio ya comenzó. Y no hay que tenerle miedo, porque ya probamos que fallamos al optar por estas libertades que se mal entienden. El ciudadano también tiene que tener algunas obligaciones, y una de las principales debería ser, opinar sobre el futuro de sus comunas, región y país.



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