EL Observador

8:25 hrs. Martes 27 de septiembre de 2016 Miguel Núñez Mercado

Mi hermana

Para Gloria Ahumada Mercado

Mi hermana me enseñó - mucho antes que yo hablara-, el verdadero significado de la palabra acurrucar. Ella fue, para mí, hermana grande, madre, hada madrina, cómplice, compañera y muchas cosas más. Sin embargo, ella significó, para mí, más que nada, el verdadero significado de la palabra acurruco.

Aunque para los filólogos, los semánticos y los hermenéuticos, acurrucarse significa "doblarse y encogerse -una persona o animal para ocupar el menor espacio posible- generalmente por miedo o frío". Lo mío fue otra cosa. Sentir en la piel que había un espacio de cobijo, que me quitaba entonces, quizás, el frío, el miedo o el hambre.

Sentí su acurruco, mucho antes que yo hablara o emitiera el más gutural de los sonidos. Antes que supiera que me pasé gran parte de mis primeros meses en sus brazos. También cuando aprendí las primeras letras y las logré convertir en palabras, en párrafos, en otras cosas. Cuando tuve esos miedos de niños que perduran por toda la vida y que, ahora, también, siento.

Ella me contaba, cuando yo era niño, cuentos que hablaban de reinos perdidos, de princesas y príncipes que se amaban. Ella, en su dulce adolescencia, también amaba, como se ama en el esplendor juvenil. Mi nombre se debe a alguien que ella amó en secreto. Por lo menos, así me lo contó, y lo reafirmó hasta el último día en que pudo hablar a través del teléfono.
Después, cuando su voz era apenas un resuello -que era la forma que ella me decía que aún vivía- yo le conté cuentos que inventaba, donde ella era una reina de un reino imposible, donde un día volveremos a encontrarnos. Fue sólo, una vuelta de mano.

Sólo le devolví en relatos el amor que ella siempre me tuvo y que yo nunca dejé de tenerle. Aunque, ella estaba lejos, yo nunca pude devolverle el acurruco. Es lo que me aflige y me duele, ahora, que escribo de mi hermana.

Cuando crecí, su casa fue mi cobijo cuando no tuve nada. Cuando había que esconderse de las persecuciones. Cuando la pena se me hizo inmensa, ella estuvo allí, como cuando yo era un niño y su piel y su regazo eran mi cobijo.

Por eso, cuando la despedí en su funeral -con una enorme tristeza- y con dificultades para hilar las palabras, dije que ella significó para mí el acurruco. Siempre tuve esa sensación para la cual la significación académica no alcanza ni alcanzará nunca. En realidad, ya echo de menos su brazos, sus palabras para matar la pena: su acurruco.



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