EL Observador

8:36 hrs. Martes 06 de septiembre de 2016 Ricardo Maturana Otey

Despedida a una Diva

De manera sorpresiva falleció hace algunos días mi tía Diva. Era mi madrina y aunque no guardo ningún recuerdo de mi bautizo, pues con suerte tenía un año de vida, sí recuerdo su presencia constante en el resto de mis años hasta ahora.

Mi papá -su hermano- seguramente no dudó en que ella fuera mi madrina, pues conoció de primera fuente y por experiencia propia su capacidad como madre sustituta. No tuvo hijos, pero todos sus sobrinos y sobrinos-nietos fuimos un poco sus hijos, porque nos regaloneaba de una u otra manera. Todos mis primos y primas conocimos de su preocupación, en mayor o menor medida.

Mi papá y mis tíos también supieron de esa preocupación, ya que fue como su segunda mamá, debido a que mi abuela debía salir a trabajar y mi tía cuidó a sus hermanos menores como una gallina a sus pollos. Ellos sin duda conocieron mejor su capacidad de sacrificio, de esfuerzo y de mujer trabajadora desde joven.

Mis recuerdos de la tía Diva se ligan con Limache. Trabajó junto al padre Claudio Ormazábal durante muchos años en la Iglesia de las 40 Horas en esa comuna y cada vez que veníamos de vacaciones desde Punta Arenas, la visita obligada era a la comuna de los tomates. Ahí mi tía siempre tuvo atenciones para nosotros.

Recuerdo también que cuando era niño y viajaba solo desde la zona austral, me quedaba a su cuidado. Cada fin de semana ella y su marido llegaban a visitar a mi abuela y a sus sobrinos nos traía desde Limache unos confites Merello, inconfundibles por su forma de gajos de naranja y limón.

Me regaló cuando pequeño el famoso chanchito alcancía amarillo que en la actualidad el grupo "Chancho en Piedra" hizo famoso y que aún guardo. También atesoro las mini botellas de Coca Cola con el logo del Mundial de España 82 de colección que me regaló.

Los años pasaron y de Limache regresó para establecerse en La Cruz. Vivía casi frente a mi casa familiar, por lo que cada día se le veía ir y volver a su trabajo, porque jamás descansó. Siempre la recuerdo trabajando, activa, moviéndose y a sus 79 años solo sus manos demostraban huellas de su larga vida de trabajadora incansable.

Ir a su casa era inevitable, pues ahí nos reuníamos con mi tío Alfredo (a quien también extraño) para jugar a una mano de cartas o al dominó, acompañado de una bebida, mientras oíamos la Radio Festival en el equipo musical con tocadiscos de mi tía que tanto me llamaba la atención de niño y también de grande.

Hace unos días, mientras preparábamos su despedida, vi en el patio de su casa, sus árboles de durazno floridos, anticipando una cosecha abundante. Lamentablemente, este diciembre, no veremos a mi tía Diva con su canasto de duraznos, con el que acostumbraba compartir su cosecha con el resto de sus hermanos, tal como lo hizo toda su vida.



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