EL Observador

9:34 hrs. Viernes 05 de agosto de 2016 Miguel Núñez Mercado

La revolución de octubre

La actual discusión política, demuestra que quienes están en ella no han aprendido nada o que están muy lejos de las personas. Cuando las situaciones son de crisis -como la falta de confianza, el colapso de las ideologías o el descrédito de las instituciones- la gente opta por cosas más íntimas. Las emociones, por ejemplo.

Cuando se le pregunta qué le pedirían al próximo alcalde de su comuna, dicen que quieren que les ayude a ser más felices. Es una revolución en el marco de la política. Entienden que, según las leyes, el alcalde o los concejales no están para eso. Pero tampoco tienen claro para qué están, realmente.

Sin embargo, parece raro que la gente pida una emoción como compromiso para entregar su voto, pero no lo es. Hace casi cien años, Enrique Mac Iver hizo su inmortal discurso donde señalaba que, en medio de la holgura económica de su época, le parecía "que no somos felices". Todavía sus palabras resuenan con gran frescura.

Si se revisa la historia política cercana, en el Plebiscito de 1988, la opción que ofreció "alegría" resultó la triunfadora por sobre la que predecía el "caos".

Ahora, lo que piden los electores a sus futuros alcaldes no es una cosa ambigua. Su petición de felicidad -que saben que es un asunto o una emoción de momentos- está también, obviamente, ligada a asuntos materiales, a derechos, a mejores trabajos, a sueldos más justos y más tiempo libre.

Pero no a las siempre cuestionables cifras de la macroeconomía y sus resultados espectaculares, derivados más que nada de la codicia, que lo ha inundado todo. Esto demuestra que los ciudadanos podemos llegar a ser ricos, lo que no asegura que podamos ser felices.

Los electores consultados creen que pueden vivir más alegremente en una ciudad con menos contaminación; con más árboles y parques; con más calles pavimentadas; con más tiempo libre; con el marido, la esposa o la pareja (macho-hembra; macho-macho o hembra-hembra) más tiempo cerca y no en faenas en otras partes.

Con ciclovías que lleven a todas partes; con redes sociales reales y no virtuales (donde los besos y abrazos sean ciertos y no un clic en una computadora). Con menos delincuencia; con más participación; con más cultura y arte; con más deporte y tiempo para practicarlo. Incluso, con más sexo y orgasmos.

También esperan que lo que escuchen de los candidatos surja de sus convicciones y no de sus cálculos electorales. Que sean capaces -y no se capaciten en el cargo-, honrados y transparentes.

Lo que contamos es parte de un estudio -mucho mayor- que se hizo en nuestra zona y da cuenta de la intención clara de cambiar un modelo político, social y cultural, pero igualmente da fe que hay un cambio íntimo en las personas que quieren ver representadas sus inquietudes ciertas en quienes elijan.

Y, que también demuestra que los electores de los últimos comicios, han aprendido más que algo, y, principalmente, que ya no son los mismos de entonces o, por lo menos, que miran todo de otra manera o con otros ojos. Creo que se avecina una revolución en octubre y aunque no derramará sangre, dejará a más de alguien con una lágrima.



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