EL Observador

13:13 hrs. Martes 19 de julio de 2016 Miguel Núñez Mercado

La Escuela de la Cimarra

Debo confesar que no aprendí mucho en la escuela. No sé si los tiempos han hecho cambiar las cosas. Pero, revisando algunos textos escolares, me doy cuenta que es, prácticamente, lo mismo de siempre. Como antes, me habría aburrido sobremanera.

Nunca podré entender por qué en la escuela me enseñaron cosas que jamás me han servido en la vida. Saltar un cajón de ejercicios, abrir un conejo vivo, hacer la disección del ojo de una vaca, recortar pescados de cholguán, resolver problemas con álgebra (y no con hechos ciertos), o tocar la flauta.

Creo que esta reflexión se la hacen muchos, aunque como nunca son iguales los proyectos de vida, algunos podrán hacer otra lista muy distinta y hasta más larga. Por lo menos, yo, no tenía intención de canguro, de cirujano o de músico y las vocaciones se conocen desde muy niño.

Yo aprendí mucho más de las cosas que me importaban, cuando hacía la cimarra. Hace unos días, me encontré con un amigo de esas jornadas, que hoy es un prominente abogado. Con él descubrimos, en nuestros años liceanos, que el acto de no asistir a la escuela podía llegar a ser tan o más creativo y educativo que hacerlo.

Aunque no soy un experto en educación, siempre he creído que un alumno debe aprender desde el juego, de su imaginación o de sus instintos o ganas. Y, la cimarra es como el espacio ideal para desarrollar el aspecto lúdico, encontrarse con uno mismo o animarse a hacer cosas distintas.

Creo -y no pretendo que así sea- que lo que escribo sea un ejemplo para alguien. Pero, desde mi experiencia de capear clases, yo reivindico la cimarra como una forma alternativa de educación. Por lo menos, para mí, me sirvió de mucho.

Aproveché de conocer cosas nuevas que realmente me interesaron. Entre ellos, a autores que nunca habría conocido en la rigidez de los currículum de la escuela. No soy el primero que rescata la cimarra como una forma distinta de educarse.

Joaquín Edwards Bello planteaba que no le había servido de nada, en su vida de escritor, conocer en el liceo las digestiones del erizo, el hermafroditismo de la ostra o la crestomatía de Lope de Vega. El solfeo y el salto del caballete. Jenofonte, Lepanto o Jerez de la Frontera, entre otras cosas.

También, el poeta Jorge Teillier proponía crear una Escuela de la Cimarra en La Ligua, donde podían asistir todos los que se aburrieran en las clases. Incluso los profesores. Explicaba que sería un espacio para el juego, para hacer lo que a uno se le viniera en ganas, donde se podría llorar o reír si se les antojara.

Lamento no haber estado en la Escuela de la Cimarra que propiciaba el poeta. Es que coincide con mi experiencia cimarrera y la necesidad que manifiesto. Sostengo que el juego, la imaginación, los instintos y las ganas, deben estar siempre en el currículum de cualquier escuela. La alternativa es la cimarra.



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