EL Observador

9:10 hrs. Viernes 10 de junio de 2016 Gustavo Boldrini Pardo

Esperando al granado

En un reciente viaje a Santa Filomena vi granados. Los frutos no estaban abiertos y su corteza era tan compacta y roja, que se podía adivinar que el momento de su explosión estaba próximo. ¡Granadas!, exclamé. "¡Las están comprando los chinos!", me contó Orlando Jélvez, del kiosquito local.

Hace unos tres años, cuando en la zona nadie creía en la gravedad del cambio climático y se pensaba que la tecnología solucionaba la falta de agua, aquí mismo escribimos sobre la reconversión de siembras y frutales que necesitan mucha, a otras que se riegan menos. El granado es uno de ellos. A falta del sediento palto, buena es la jugosa granada.

Antes, el granado era una esquiva aparición. Casi una visión fugaz que se entreveía a lo lejos, en un rincón de la quinta, brillando. En ocasiones se regalaba una, como si fuera el destello secreto de un mineral raro. Su exclusividad definió lo que es el lujo. Don Fernando Binvignat, el piadoso poeta serenense, fue mucho más lejos... Contó, en un barroco absolutamente americano, que la granada es un milagro de Dios ("En viaje", 1955). Y lo detalló: "Fue en las primeras mañanas del mundo", comienza escribiendo. Y precisa que Dios quiso dejar a los hombres el testimonio de su ternura.

Entonces se acercó a un arbolito indefinido aún, pequeño, de poca ramazón, y en eso, el sol "se posó en las flores elegidas para el milagro" al tiempo que sus rayos llegaban al pecho divino. Al minuto, la luz se rompió en miles de cristales, rojos como rubíes, y Dios acarició las flores del árbol mientras que con su gesto y manos fue formando un pequeño cáliz. Los rubíes del sol se instalaron, ordenados, dentro de ese cáliz y... así nació la granada.

Siempre está el mito, la leyenda, la poesía antecediendo a las verdades, aunque éstas sean una fruta. Todas las frutas. Al chirimoyo, por ejemplo, se le ha soñado como regalo para un noble quillotano. Al palto, antes de la "palta reina", se le reconoce prestigio. ¿Quién ha visto las flores de la higuera?, pregunta otro. De los lúcumos, se cuenta que eran "el oro de los incas"... Así, la poesía o la leyenda incuban el necesario clima para una presencia inminente anunciando su color, su olor, su sabor. En fin, es necesaria una invención para entretener una espera y dar la bienvenida al que llega.

Sin embargo, hay un momento en que la fruta deja de ser poesía y su intangible se transforma en una verdad. La espera termina y en el huerto brota o florece, solo porque desde la paciencia alguien le construyó su lugar.

Ya crecidos, veo granados en muchos lugares. No tantos; es que recién llegan o, como dice Binvignat, vienen "saliendo del verso seráfico". En Petorca, desde 2014 Vicente García cuida sus almácigos. El Catastro Frutícola regional dice que aumentó el número de hectáreas de plantas de almendros, mandarinos y granadas. Ya en 2012, en El Guindo, Puyancón, Santa Julia... había parcelas demostrativas que enseñan como aquerenciarlos por estos rulos. Barbarita y Pablo, tratan de aclimatar otro, en Catapilco...

Esperar, desde la paciencia y el poema, al granado, es asemillarlo dentro de una más humana y sustentable cultura agrícola. Y con menos agua.



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