EL Observador

12:18 hrs. Martes 26 de enero de 2016 Pedro Pablo Gac Becerra

Cuando llegó el primer auto a Limache

Desde el momento en que su nana entró a la habitación, arrojando puñados de agua bendita y atrancando puertas y ventanas, mi abuela supo que algo extraordinario debía estar sucediendo.

Para una niña que, a sus siete años, ya había presenciado todo tipo de fenómenos naturales y sobrenaturales esto que estaba ocurriendo no debía ser tan terrible, así es que como pudo se las arregló para observar, sigilosamente, a través de un pliegue de la cortina: En la calle justo frente a su ventana se hallaba estacionado el primer automóvil que había visto en su vida.

Mucho se ha hablado de la impresión que estremeció a los habitantes de América frente al arribo de los barcos de Colón, pero muy poco se ha dicho sobre lo qué pasó por las cabezas de nuestros compatriotas cuando presenciaron la llegada de los primeros medios de transporte. Hay que pensar que en 1909 no había Internet ni televisión. Ni siquiera muchos libros con ilustraciones. Mi abuela decía que al principio todas las señoras huían con sus hijos gritando: "Esa cuestión se va a subir a la calle y los va a matar a todos", pero luego, poco a poco los vecinos se fueron acercando al vehículo que mi abuela recordaba que brillaba "dorado como el oro". Llegaron huasos de a caballo, policías, más de algún "reportero" local y por supuesto, vendedores de toda laya. Aunque faltaba lo más emocionante, cuando el conductor, al parecer un médico italiano de Viña del Mar, se volvió a subir al automóvil y encendiendo el motor lo puso nuevamente en funcionamiento. Quedó la "tendalá", el ruido atronador de aquella máquina del diablo espantó potrillos y gallinas, los perros ladraron hasta caer desfallecientes y no faltaron los que se fueron corriendo entre padrenuestros y avemarías hasta que el móvil desapareció, tal como había llegado, en medio de una inmensa nube de polvo.

Mi abuela quedó fascinada, tanto, que noventa años después aún lo rememoraba con lujo de detalles. Su padre, no tanto. De hecho, ese día, como siempre, llegó atrasado. Cabalgando cansinamente y bien pasado a copas. ¿Vio esa máquina increíble? Le preguntó su hija. Claro que la vi, respondió con desgano, le puse media espuela al potranco y lo pasé como si nada. Y luego sentenció: ni muerto me subo a una de esas porquerías. Y aunque vivió muchos años ella afirmaba que él jamás se subió a un vehículo motorizado.



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