EL Observador

12:32 hrs. Viernes 30 de octubre de 2015 Gustavo Boldrini Pardo

Alicahue, sobre la medida de una bendición

Alguna vez, Alicahue nace bajo la gracia de un amparo. En el estrecho valle, el pueblo aparece íntegro a la primera mirada. Una larga calle que va subiendo hasta que la vista se encuentra con la antigua casa patronal. Es una T gigante, siendo la raya vertical la calle y la horizontal la casa. Todo, protegido y contenido entre tres cerros. A unos cinco metros de altura sobre el nivel de la calle y en la falda de una colina, la casona es la vigía del pueblo. Así, calle, montañas y casa le hablan al visitante, le promueven un acuerdo con el mito fundador, si alguien se lo cuenta.

Fue así: en algún momento del pasado, al lugar llegaron unos curas jesuitas. Se encuentran con la casa y una población alrededor de ella. Los patrones no son buenos y según se dice, por codicia han pactado con el diablo. Los jesuitas, en medio de disputas con los dueños -dos hermanos- construyen una capilla. Un día, a la hora de la misa, éstos desvían una tropilla de potros y ganado cerril al interior de la iglesia. Los destrozos son totales. Bancas, altares, ornamentos, imágenes religiosas, heridos, destruidos o yaciendo por el piso y el atrio.

Los curas no perdonan tan sacrílega afrenta. Una noche, piden a los fieles que se retiren del contorno de la casa y que se ubiquen al frente de ésta, a lo largo del radio de 1 kilómetro. Es así, pues ellos lanzarán una maldición a los hermanos y un conjuro de protección para el pueblo. Asentados a lo largo de la calle estarán a salvo.

El mito agrega que este fue el momento en que las lomas que rodean al pueblo, crecen y se convierten en cerros protectores y la maldición comienza a surtir efecto. El mayor de los hermanos un día muere aplastado por novillos en un rodeo. Al otro, perdido, lo encuentran vagando, ?con la piel como la de un burro, loco?, en los Corrales de la Arena.

Ya erradicado el mal, el pueblo queda alineado en el lapso de un kilómetro desde la casa patronal, rematando en el cementerio, que se transforma en el umbral santificado del pueblo.

Así está hasta hoy y, por ello, se trata de un mito vigente. Es que aún explica una forma (la planta) y la medida del pueblo. Creo que el trauma histórico que allí se sufrió, también da cuenta del actual recogimiento e introversión suspicaz de sus habitantes. Es que tras ese sector protegido, aún en la zona se esconden, vagando, hechiceros, demonios y duendes malos que hacen que en Alicahue sigan sucediendo ?cosas raras?, aunque sea un pueblo bendito.

Los mitos enriquecen los lugares. Les dan un contenido que hace la base de la identidad. Fundadores de los pueblos, sin ellos no se podrían reconocer ni describir lo enriquecedores que son para la conciencia colectiva y el pensamiento simbólico.

Caminar, hoy, Alicahue desde el mito es remontarse a lo sagrado, al espacio y al tiempo de los orígenes; es estar lejos del desencantado orden cotidiano y racional.



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