EL Observador

14:16 hrs. Martes 08 de septiembre de 2015 Marco A. Espíndola Albornoz

Confianza: una virtud y una necedad

Hace unos días debí viajar un par de veces a Santiago por trámites y la verdad, si no fuera por eso no iría. Me estoy volviendo más sedentario cada día, pero Santiago es uno de los lugares a los que evito ir siempre y eso es más bien porque el aura de esa ciudad que me choquea. Me tercié el bolso, puse en celular en lugar seguro, me puse ojos hasta en la espalda y viajé por horas en el metro.

En una de las estaciones de transbordo, se me cayeron cinco mil pesos al suelo, un señor los recogió y me siguió un largo trecho para devolvérmelos, pues iba tan preocupado de no ser asaltado, que olvidé que es mucho más la gente honesta en el mundo, que la que nos quiere robar.

Desde allí el viaje fue más relajado, hice lo que debía hacer, los burócratas hicieron su pega según los estatutos, preceptos y cuotas de espera, y regresé en una pieza como siempre..., bueno, un poco más viejo por el tiempo perdido, pero eso estaba ya presupuestado. Hasta aquí puedo decir como moraleja -si esto fuera un cuento y no lo es- que "no hay peor celador que uno, persiguiéndose a sí mismo".

Unos días después, durante un viaje a Valparaíso, lugar que me resulta placentero visitar, pensaba en cómo agradecer a este señor del metro, y aclarar el punto aquel, que es mucha más la gente de buena voluntad, que los que viven de hacer daño a otros. Esbocé las primeras líneas de esta columna en el bus de retorno a La Calera, de esos que llevan auxiliar para cobrar. El asunto es que a la salida de Viña del Mar me quedé dormido y desperté casi llegando a mi destino. Junto al conductor estaba un joven quien dijo ser su hijo y que me reconoció por mi labor en el mundo del arte y me aclaró que ellos también viven del dinero del público, es decir del pasaje.

Medio dormido le pagué con diez mil pesos, mientras el muchacho me seguía hablando, el conductor me pasó el vuelto y yo, sin mirarlo, confiado, bajé. Supongo que ya se imaginarán lo que sigue. Pues sí, el conductor se quedó con cinco mil pesos del vuelto.

Anoté la patente de la micro y pensé ponerla aquí, pero luego pensé que esos cinco mil pesos ya los había perdido en Santiago. Nueva moraleja: "Confiar es una virtud, confiar en exceso es una necedad".



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