EL Observador

15:31 hrs. Martes 07 de julio de 2015 Alonso Aranda Araya

Una generación sin mufa

En esta ocasión me daré la licencia de caer en todos los lugares comunes que suelo evitar. No hay razón para negar que desde la mañana del domingo la marraqueta está más crujiente y el café más dulce. Porque la fábrica de anhelos que es el fútbol, la tarde del sábado saldó la deuda que por décadas tuvo con Chile.

A pesar que tengo varias otras aficiones que me deleitan mucho más, sí reconozco que vibro con el fútbol, al punto de desatar mi euforia cuando se producen hechos inolvidables, como el triunfo sobre Argentina mediante lanzamientos penales, que le dio a la Selección Chilena la primera Copa América en toda su historia.

Fue una experiencia que disfruté junto a toda la familia, incluido mi papá y mi hijo Silvestre, lo que le dio una dimensión bastante interesante a la celebración. Es que tanto mi viejo como yo, además de mi mamá y mis dos hermanos, crecimos viendo derrotas, recordando los "casi-casi" y tratando de olvidar a duras penas las desgracias que una tras otra se habían repetido hasta la tarde gloriosa del sábado.

Pero para mi pequeño es distinto. A sus cortos seis años ya sabe lo que es ser campeón, de gritar "chi chi chi - le le le" con la cara llena de risa, alegre de ver a sus jugadores preferidos de "La Roja", como Alexis, "El Pitbull" y Bravo, levantar la copa del mejor del continente.

Y no lo digo con el éxtasis prematuro del triunfo, ese que como en todo el país, llenó las calles y la plaza de Quillota de cientos y cientos hinchas dichosos, que alargaron la fiesta hasta que hubo que descansar para continuar al día siguiente.

Precisamente, lo digo con el reposo post resaca. Es que mientras ayer por la mañana llevaba a mi Silvestre al colegio, sin ninguna motivación de parte mía, comenzó a entonar el "Chile campeón, Chile campeón, Chile campeón" y a repetir que Bravo había atajado un penal y que Alexis había engañado al arquero argentino, y que eso nos hizo ganar.

En resumen, para la generación de mi papá, por supuesto también anteriores, para la mía y algunas posteriores, que Chile consiguiera alzar la Copa América es sacudirse esa mufa terrible y dolorosa, esa que vimos pasar frente a nuestros ojos cuando a los noventa minutos Gonzalo Higuaín se perdió un gol que pudo cambiarlo todo.

Pero para mi hijo no. Él y toda esta nueva generación no carga con derrotas aguafiestas, todo lo contrario, pues ha sido testigo de una Selección Chilena ganadora, que le hace los juegos más entretenidos y los dulces, todavía más dulces.



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