EL Observador

9:50 hrs. Domingo 20 de julio de 2014 Alfredo Fernández Piraíno

Por unas monedas

Jueves 5 de junio, centro de La Calera. Me dirijo a comprar algo para la once y estaciono en calle Carrera. Mi destino está a solo unos metros de distancia y la espera no toma más de media hora. A continuación ocurre algo que cualquiera que use su vehículo para acceder al centro de nuestras ciudades ha vivido: la persona encargada del parquímetro no aparece; transcurren los minutos -con el motor andando y consumiendo una preciada bencina cargada de impuestos- y nada.

Viernes 4 de julio, centro de La Calera, calle J. J. Pérez. Regreso a mi auto luego de llevar a mi hijo al médico. "Son $1.090", dice la señora a cargo (curioso el valor ya que el bono de atención médica me había costado $1.200), "y tiene un pago pendiente de $3.500". ¿Qué?, le digo y me pregunto molesto. Y luego viene la aclaración de la fecha y lugar de la eventual deuda con el sistema.

Me da vueltas el asunto y hago algunas reflexiones. Reclamamos por las Isapres -con justa razón casi siempre- sin embargo, estacionar en el centro vale tanto o más que pagar una consulta médica. Pero claro, en un caso uno paga el servicio personal de un profesional competente; en el otro, el pago es por usar 89 minutos seis metros cuadrados de superficie que se supone es "público". No sé dónde queda la garantía constitucional de libre circulación por el territorio nacional.

Pero el tema de fondo es otro. Sabido es que el ser humano funciona en base a incentivos, y también que muchas políticas públicas contemplan ´des-incentivos´. ¿Qué es lo que se busca en este caso? Puedo entender que al ser el espacio para estacionar un ´bien escaso´, se le ponga precio a su uso para evitar el ´ab- uso´. Si fuera el caso, el incentivo sería "no vaya al centro en auto y si lo hace procure permanecer el menor tiempo posible, ni se le ocurra dar una vuelta, vitrinear o quedarse conversando con alguien".

¿Y qué hay de la persona encargada del parquímetro o de la empresa concesionaria? Acá es donde percibo lo que un economista llamaría ´incentivo perverso´: ¿a quién le conviene no aparecer al momento del pago? Obviamente al cobrador. Claro, porque en vez de pagar los minutos justos -en mi caso, unas pocas monedas- al quedar pendiente el pago de ´salida´, la concesionaria se toma la atribución de cobrar todas las horas que quedan de día (eso explica mi deuda de $3.500). Un abuso con todas sus letras. Un abuso por un incentivo mal diseñado.

Hago notar que esta situación pasa a diario y tiene el agravante que la empresa concesionaria firma sus tickets con MUNICIPALIDAD DE LA CALERA (así, tal cual, mayúsculas incluidas).



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