EL Observador

15:10 hrs. Martes 01 de julio de 2014 Verónica Garay Moffat

De máscaras y poesía

En junio realicé una jornada con personas que se desempeñan en distintas áreas en el Hospital de Quillota y me di cuenta que en cada uno de ellos estaba presente a nivel íntimo y profundo, el gusto por leer y escribir poesía. Ya se notaba también, el cansancio y el stress producto de un semestre de arduas tareas relacionadas con la atención de público. Por lo mismo, asistir a un taller así no sólo permitió conocer elementos teóricos básicos del psicodrama, sino además encontrarse con los pares que aún en funciones diversas, experimentaban las mismas alegrías producidas por la lectura, la escucha activa de poemas y la expresión psicodramática, a través de escenas que surgían del mismo grupo.

Esta vez hubo que interiorizarse de los escritos de nuestros poetas, como Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Nicanor Parra, entre otros. Uno de los favoritos fue Gustavo Adolfo Bécquer, pues para algunos revivieron épocas de romanticismo juvenil.

También tuvieron que superar el miedo de escribir algo propio y mostrarlo a los demás. Hay que decir que -por la característica del tema- la motivación que estas personas tenían era alta y tal vez eso contribuyó a la espontaneidad y a la creatividad. Son las categorías rígidas y estáticas las que hacen que el pensamiento no vuele alto. Con facilidad se tilda de loco o raro a quien pertenece a ese ámbito, y para la farándula vigente la poesía resulta probablemente una lata.

Precisamente es ese gusto por la chimuchina y hablar del otro, muy de moda en los lugares donde abunda el ocio, lo que le quita espacio a las verdades del ser, que suelen encontrarse en la poesía. Y es que la poesía es sobre todo eso, verdad auténtica del ser. La "poiesis" o creación que está en lo interno. Para viajar hasta ese sitio se requiere sacarse la máscara, si ya sabemos que la raíz de persona es "máscara". Una cosa son los roles, que si están claros y delimitados, permiten trabajar sin angustia en las instituciones. Pero muy distinto es quedarse con una careta fija y permanente que congela y resta la espontaneidad. Ese es el problema de las relaciones interpersonales en lugares donde son múltiples las funciones, confundir el rol con las máscaras. Por esto, este trabajo fue enriquecedor para todos y me incluyo, porque trajo una nueva forma de mirarnos y de reconocernos.

Para poder seguir dando servicios que requieren nuestra energía cada día, es necesario revitalizarnos y descubrir dónde reside la fuente que nutre la autoestima y que hace que el grupo aprenda a cuidarse en lo local, en las instituciones diversas que existen en Quillota y la región. Es un área que me ha dado muchos frutos en lo humano y espero lo siga haciendo, ya que veo que allí realmente reside la verdadera sanación.



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