EL Observador

14:23 hrs. Lunes 23 de junio de 2014 Gustavo Boldrini Pardo

Palmeras de Cabildo

Cada vez que recuerdo Cabildo, sus palmeras se me vienen a la memoria. Están allí desde alrededor de 1910, cuando se construía la trocha Cabildo/Limáhuida del ferrocarril al Norte. No sé cuántas son, ni a qué especie pertenecen; pero así como el camino de San Lorenzo al Ingenio se reconoce por sus jacarandás azules, y el de El Escorial a Panquehue por sus pimientos, así Cabildo se hace inseparable de sus palmeras. Ellas fueron puestas para celebrar la naciente estación del tren, como los ceibos en Quillota. Entonces ya sobrepasan los cien años, y son la vara exacta que mide la edad de la ex estación (hoy una plaza) o del tiempo (casi el mismo) que tiene el poblado, cuando como municipio se hizo importante y llegó a contar alrededor de mil habitantes.

Es de celebrar la disposición que en esa época existe para plantar estas longevas especies que deben acompañar el tiempo de los lugares en donde son puestas. En esa época se busca que la palmera crezca y se desarrolle en forma paralela al crecimiento del lugar en donde se planta. Es decir, una palmera es un espejo, una compañera de ruta. No hay apuros.

Entre muchas cosas, esa actitud habla de una predilección por lo orgánico. Habla de una sólida visión que aúna el presente con el futuro. De la búsqueda de un principio rector que ordene visualmente lo que construye ciudad; un orden cuya jerarquía, por ejemplo, esté dado por la altura de la palmera. Pero, por sobre todo, pienso que poner una palmera refleja un "animus" en donde no existe la urgencia; cosa que ahora sería impensable. De partida, los árboles hoy son instalados grandes pues se piensa que su calidad de árbol solo la adquiere a gran altura. La valoración actual es la del árbol como un adorno y no como una señal del crecimiento, un compañero de los ciudadanos.

En los balnearios del Norte, edificios de Santiago o Viña del Mar, se han puesto palmas centenarias que han sido robadas o compradas a precio vil a localidades pobres. Más pobres quedan éstas cuando les sacan o venden un árbol patrimonial; aquel que visual y afectivamente pertenece a todos. Es enojoso esto de no ver belleza en el crecimiento y solo en lo que ya culmina su ciclo.

Si una antigua palmera nos impresiona cuando está aislada en algún lugar solitario, más nos conmueve y nos hace reflexionar cuando se encuentra en contacto con la vida urbana, incrustada en su centro, como estas que nombramos. Es de esperar que allí sigan dando la dimensión al espacio cívico; señalándole su suelo y su cielo, su altura máxima; semejando una marca, casi la firma de Cabildo.

Hay más historia compartida en la visión de unas palmeras que en un monumento conmemorativo de hormigón. Alabadas sean estas cabildanas de todos los tiempos, y bienaventurados los que han acompañado y protegido su crecimiento.



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