EL Observador

18:53 hrs. Lunes 07 de abril de 2014 Gustavo Boldrini Pardo

Longotoma, un lugar sagrado

Existen lugares de los cuales uno se siente dueño. Ya sea por haberlos conocido desde siempre, o por congeniar con su manera de ser; sintiéndose acogido y siempre inspirado estando allí. Es lo que me sucede con Longotoma, lugar que frecuento desde los años 60. Primero, por ese prodigio de mariscar machas "tanteándolas" con los pies y luego, por la búsqueda alucinada de objetos arqueológicos; hasta ahora, cuando cumplo unos 50 años de visitas, siempre renovadas por sentimientos de asombro y trascendencia.

Y no es solamente por el gratificante solaz que producen los espacios con mucha naturaleza. Ni solo por la dinámica de su diversidad ecológica, esa que hace que su imagen nunca sea la misma de un año para otro. Puedo estar de acuerdo en que sus dunas, su río, su mar, su fauna, su prehistórico enigma humano conforman un paisaje que por sí solo estremece los sentidos. Sin embargo, ese listado supera los atributos "naturalistas" y se hace fuente de experiencias introspectivas, cosas tocantes más a la espiritualidad que a un inventario de recursos turísticos.

En este lugar, mi esposa Soledad tuvo un estremecedor encuentro con Belén-Belén, una planta que por sus poderes es ponderada tanto desde la medicina, como desde prácticas mágicas y chamánicas. La experiencia mostró a la planta no solo como un vegetal, sino como la celadora de otro tipo de verdad, estremecedora, tocante a la existencia de un plano divino.

En 20 años, hemos usufructuado de una vertiente "secreta" que incluso en épocas de drásticas sequías ha seguido borboteando su agua sorprendente. Alguien podría decir: el agua es el agua. De acuerdo, pero cuando su origen es irracional, o no se entiende, entonces es el asombro, el misterio, lo portentoso, los que añaden a su naturaleza una sacralidad que se nos aparece al modo de un milagro y que, por lo tanto, promueve una creencia más allá de la física del agua. Son muchas cosas incomprensibles las que existen en Longotoma.

Quizá por todo esto me siento dueño. Y creo que el lugar tiene más dueños, comenzando por los antiguos y actuales habitantes de Las Parcelas. Ellos han sido los creadores y portadores de alrededor de 15 mitos, leyendas, casos, nacidos desde sus espacios y poderes intangibles y que prueban la delicadeza esotérica del lugar.

Por lo anterior, es que me sentí invadido y violentado cuando supe que una minera proyecta instalarse allí. Que el milenario territorio de experiencias sensibles es pretendido por una empresa con afanes económicos extractivos; o sea, que se avecina una hecatombe física sobre la piel del lugar. Longotoma, cuya patrimonialidad radica en la gratuidad de recorrer sus ámbitos, está en peligro.

Longotoma ya está ocupada, tiene dueños desde hace unos tres mil años. Allí nunca se explotó ni produjo nada, a no ser la espiritualidad de miles de hombres y mujeres que la caminaron libremente, soñando, sintiéndose sacralizados, sólo porque eran dueños del lugar, sin codicias.



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