EL Observador

9:35 hrs. Miércoles 02 de noviembre de 2011 Carolina Rodríguez Cobo

Entre Halloween y el Día de los Muertos

Nacidas en continentes distintos, ambas celebraciones se tocan en muchos aspectos.

Aunque Estados Unidos es el responsable de haber internacionalizado el Halloween, sus orígenes se remontan a Europa antes del nacimiento de Cristo. Del otro lado del Atlántico, el Día de los Muertos es una fiesta mexicana que año a año gana terreno entre el público internacional.

Una y otra fiesta se celebra con un día de intervalo (31 de octubre - 1 de noviembre) y tienen tantas similitudes como diferencias.

Halloween se originó en el seno de los pueblos celtas regados por Europa Occidental, específicamente en Inglaterra, Escocia, Irlanda y norte de Francia. Ellos celebraban cada 31 de octubre el Samhain, fiesta que significaba un cambio de época que se aplicaba a las estaciones y las cosechas, pero también al mundo que separaba a los vivos de los muertos. Los druidas, sacerdotes paganos, creían en la inmortalidad del alma y aseguraban que el 31 de octubre los muertos volvían para pedir cosas y comida.

El Imperio Romano ocupó los territorios y no solo asimiló la fiesta, sino que la mezcló con la suya propia, una que celebraba la producción de cosechas y era ofrecida a Pomona, diosa de la fruta. Durante los siglos VIII y IX, la Iglesia Católica trató de suplantar la festividad pagana imponiendo el Día de Todos los Santos, celebrado cada 1 de noviembre.

La tradicional fiesta celta llegó a Estados Unidos en el siglo XIX, difundida por inmigrantes irlandeses. A comienzos del siglo pasado se popularizaron las calabazas, las fiestas de disfraces y el famoso "trick or treat" como manera de pedir dulces. El cine y la expansión económica del país por todo el mundo convirtieron al Halloween en una celebración global.

En cambio, el Día de los Muertos surge en algunas partes de Centroamérica donde se asentaron las culturas Maya y Azteca. Los indígenas creían que cuando una persona moría, su espíritu continuaba viviendo en un lugar llamado Mictlán, creado por dioses benévolos. Allí permanecían hasta que llegaba la fecha de volver a sus hogares para visitar a sus parientes, una vez al año.

Los españoles trajeron a América su celebración del Día de Todos los Santos, rito que se mezcló con el de los indígenas. Aunque originalmente se conmemoraba en agosto, se eligió el 1 de noviembre para celebrar ambas.

El 1 de noviembre se celebra el regreso de las almas de los niños, mientras que el 2 es para las de los adultos. En ambas fechas, hay calaveras por todos lados: en disfraces, en artesanías, en dulces. Las tumbas y las calles se llenan de arreglos florales y se alzan altares en honor a los difuntos. Incluso el Día de los muertos ha sido declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Personalmente debo decir que el famoso Día de Brujas sólo es la excusa para que el comercio incremente sus ventas a punto de calabazas y calaveras. Y por esta razón, ni dulces les doy a los niños que han llegado a tocar mi puerta disfrazados de vampiros o hadas.

En cambio, al Día de los Muertos le encuentro más sentido porque es un estado que en algún momento experimentaremos, porque es así la cadena de la vida que se termina con la muerte y es la oportunidad para acudir al cementerio a dejar una flor o una oración a aquellos que nos antecedieron en este camino.



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