EL Observador

13:39 hrs. Martes 18 de marzo de 2014 Christian Velásquez Cabrera

El ´Tío Mario`

Al distinguido abogado don Mario Urrutia Bonilla le gustaba que le dijeran "Tío Mario". Fue todo un personaje de la ciudad de Quillota, un hombre dotado de una inteligencia excepcional que conocía de memoria cada artículo e inciso de los distintos códigos legales que rigen nuestro país.

Su casa en calle Merced era además su oficina de trabajo. Siempre se encontraba llena de personas, en especial, a las más altas horas de la noche. A él le gustaba trabajar de noche y dormir por la mañana. La mayoría de sus visitantes eran egresados de derecho y abogados que recurrían permanentemente a él para hacerle preguntas en aquellas materias que ellos no conocían o tenían dudas respecto a su posible interpretación.

A raíz de una debilidad física en sus piernas, sumado a su asma, el tío Mario atendía desde la cama de su habitación. Ese lugar se llenaba de humo y olor a cerveza y muchas veces también de vino. La discusión intelectual era un manantial que jamás dejaba de escurrir. Dentro de las curiosidades un poco extravagantes del Tío Mario sobresalía especialmente su afición por el ajedrez. Era capaz de estar jugando y a la vez estar viendo dos o tres pantallas de televisión con distintos canales y respondiendo al mismo tiempo preguntas jurídicas que le hacían.

La máquina de escribir de una de sus secretarias jamás paraba. En medio de la conversación y del teclado se escuchaba de vez en cuando la voz fuerte y clara del abogado Urrutia que hacía callar a algún visitante diciéndole que era un ignorante. Uno de sus principales problemas en la vida profesional de este extravagante abogado era que se quedaba dormido cuando le tocaba ir de alegato a la Corte por la mañana.

Si bien el tío Mario era católico, él creía en la existencia de ciertas almas superiores que, según él, lo aconsejaban para guiarlo en su vida cotidiana y profesional, una especie de maestros, al modo gnóstico. Fue así que cierto día, a raíz de un viaje a Valparaíso en que me tocó acompañarlo, él le indicó al chofer del automóvil que antes de iniciar viaje al puerto, debía dirigirse a una determinada calle de la ciudad. Al llegar al lugar, el auto se detuvo y él abrió la puerta de atrás, esperó un momento, y luego dijo: "Ya se subió, así que partamos". Tanta fue mi curiosidad y asombro que le pregunté, ¿quién se subió? Y él me respondió escuetamente: "Se subió el abuelo".

Don Mario Urrutia Bonilla -que en paz descanse- fue un gran hombre y un orgulloso quillotano. Para él van mis recuerdos y mis afectos.



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