EL Observador

14:26 hrs. Viernes 03 de enero de 2014 Hernán Ortega-Parada

El perro y el frasquito

Hernán Ortega-Parada / Escritor y dirigente vecinal

Es un poema de "El Spleen de París", de Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867). "El Spleen..." es una colección de 50 poemas en prosa, cuyo conjunto rompe absolutamente con la tradición del verso. Sorprenden por la variedad de "miradas" sobre el esplín de la vida citadina; es decir, sobre la melancolía que le produce vivir en el centro de estas grandes aglomeraciones humanas, la mayoría de las veces sin una razón visible. Libera en esos textos su espíritu revelador (para alertar), demoledor (para reconstruir), terriblemente crítico. Y, como una ironía más, finiquita el atado de aquellas miniaturas o joyas, con un poema en verso. Crítico en tanto la censura no le caiga encima con un mazazo, como cuando publicó "Las Flores del Mal" y fue llevado a tribunales por una absurda moralina. Baudelaire es el gran renovador de la poesía moderna e influirá decisivamente en Mallarmé y Rimbaud. Es, además, el descubridor europeo (y traductor) de la obra fantástica de Edgar Allan Poe (norteamericano). Y para que no resten dudas acerca de su genialidad, fue crítico de artes visuales, en revistas especializadas, estableciendo para este oficio un canon que aún persiste.

Muchas veces, en este breve espacio, alego no solamente por la grave situación de nuestro tiempo en cuanto a la ausencia de lecturas de calidad. Pero, más todavía, lamento la nulidad de los jóvenes para alimentar una mediana capacidad de lecto-comprensión. Por ese motivo, en mi revisión de páginas selectas (jamás una lectura es igual a otra), pongo a prueba mi propia sensibilidad intelectual. No siempre con un inobjetable resultado, lo confieso; sí, añoro una sociedad más alerta en términos de razón de existir. Baudelaire conmina a no ser hipócrita. "¡Matemos a los pobres!" es una parábola sobre un tema global: equidad social. Escribe: "Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla".


El asunto del perro. Bueno, es dramático según se aprecie. Pero hay que tener presente la "melancolía" del escritor francés. El hablante del poema llama a su fiel compañero para "oler un excelente perfume comprado en casa del mejor perfumista de la ciudad". El animal se acerca moviendo la cola, "signo que corresponde a la risa y a la sonrisa del hombre". Más, enseguida ése retrocede asustado y se pone a ladrar ("a modo de reproche"), ante lo cual, el narrador explota: "¡Ah, miserable perro! Si te hubiese ofrecido un montón de excremento, le habrías olfateado con delicia y puede que lo hubieras engullido. Lo cual, indigno compañero de mi triste vida, hace que te parezcas a la gente, a quien no hay que presentar nunca perfumes delicados, que le exasperen, sino inmundicias cuidadosamente escogidas".

Si me perdonan, a propósito de la televisión abierta chilena.



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