EL Observador

12:54 hrs. Martes 31 de diciembre de 2013 Hugo Quilodrán Jiménez

Entre esfinges y columnas

Terminados los ejercicios, la Escuadra despachó al submarino. Teniendo libertad de acción, zarpó con rumbo general sur. No hizo más que dejar la bahía y se desató un temporal de aquellos. Para evitar maltratar innecesariamente al personal y el material, este sumergió, pero una falla en los motores lo obligó a aflorar y sin propulsión quedó a la deriva.

En esas infernales condiciones, permanecieron doce horas. La mayoría no había ingerido alimentos y hasta los más navegados comenzaban a palidecer. A esa altura, todo aquel que estuviera en pie ya había pasado por lo menos una hora de atenta vigilancia en el exterior.

Subiendo la escalerilla para efectuar el relevo, el subteniente Pinto azotó su cabeza contra la escotilla después que un vaivén inclinara la nave violentamente. Su amor propio le impidió quejarse como hubiera querido y recibir las novedades fue un martirio, mientras un colérico chichón pulsaba en su cabeza.

Estoico soportaba las inclemencias y su propio tormento, cuando de repente todo se volvió calma y quietud. Un rayo de sol abrió un forado entre las negras nubes y entonces distinguió tierra. Los ánimos mejoraron y en poco tiempo informaron desde la Sala de Máquinas haber reparado la avería.

El navegante creyó estar a la cuadra de San Antonio y Pinto oteó la costa en busca de un punto de referencia que lo confirmara. Sin pensarlo, apuntó sus binoculares donde converge un rayo de luz solar y el extremo de un magnífico arcoíris. En medio de esa postal, una extraña construcción llamó su atención. De frente al mar, entre los requeríos y el bosque virgen, más de dos decenas de columnas estilo greco-romano se alineaban a la perfección, mientras que un par de inmensas esfinges egipcias le antecedían.

Una sensación de haber perdido la noción del tiempo y el espacio, le embarga: ¿Qué ve al rojo 15, mi cabo?

"¡Dos leones con cabeza de mujer y un templo romano, mi teniente!", recibe como respuesta. Por un segundo esto lo tranquiliza. Al menos, no era producto del golpe. Pero, ¿qué hacía este inusual levantamiento en medio del monte? Personalmente, le parecía algo sobrenatural, así como un portal cósmico a otra dimensión.

De todas maneras, ¿cómo lo informaba? "Central de Vela, avistamiento terrestre al rojo 15, evaluado construcción romana", pronunció en voz baja y no le pareció serio. Después, sin dudar solicitó la presencia del comandante en la vela.

"Échele un vistazo a esto, mi comandante. Le advierto que es algo anormal", le espetó, extendiéndole los prismáticos. Este, con la serenidad que dan los años y la experiencia, observó en silencio y en la dirección indicada. "¡Hasta que al fin construyó su mansión!", dijo y sonrió. "Tranquilo Pinto, es la Hacienda de Tanume, su dueño es Manuel Aspillaga, un extravagante pintor". "Esto hay que apreciarlo con tranquilidad, porque pocas veces lo verán en sus vidas", comentó. "Que toda la dotación suba en turnos de tres, porque las aguas están revueltas y es riesgoso estar en cubierta".



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