EL Observador

14:40 hrs. Martes 24 de diciembre de 2013 Juan Pablo Vicencio C.

La felicidad y los molinos de viento

¿Podemos ser felices centrados en la competencia y búsqueda compulsiva del consumo de bienes? Según las investigaciones llevadas a cabo en los últimos 20 años, la felicidad no guarda relación directa con tener más objetos materiales. Es cierto que existen necesidades básicas, que de no ser satisfechas pueden causar malestar, pero incluso en esos casos, la gente manifiesta ser feliz; entonces, parece ser que la felicidad puede ser mejor comprendida como un estado interno que se construye y conquista en el camino de la vida junto a otros.

El modelo actual nos empuja, a través de nuestra educación, a luchar de manera individualista para alcanzar objetivos, sin que importe demasiado lo que ocurra a nuestro alrededor (personas y medio ambiente). Es la ley del más fuerte, una carrera desigual por "ser alguien en la vida", es decir, si no tengo (cosas) no existo como ser humano. La sabiduría antigua no se opone a la ciencia moderna, así pues, la tecnología bien aplicada no es intrínsecamente perjudicial, a mi modo de ver, si se la utiliza para cubrir nuestras necesidades más básicas (salud, educación, vivienda, etcétera) y estar al servicio de la vida; sin embargo, centrar nuestra valía como personas y promover la búsqueda de la felicidad a través del consumo, es el camino seguro hacia la insatisfacción e infelicidad permanentes. ¿Cómo salir del atolladero en que nos encontramos?

Parece ser que un aspecto clave es nuestra educación. El optimismo y la felicidad se aprenden, así como el desarrollo de caminos colaborativos de entendimiento más amorosos con nuestro entorno, más volcados hacia la integración de las emociones (inteligencia emocional); en definitiva, más armoniosos con nuestra naturaleza humana. La vida puede ser algo más que correr en círculos, puede ser también una oportunidad para dar sentido a todo aquello que nos acontece, un camino de reconocimiento de lo que somos. Rebelarnos contra los molinos de viento, por difícil que sea, por utópico que nos parezca, será posible, si somos capaces de transmitir a las nuevas generaciones, a nuestros niños y adolescentes, que el fin último de toda creación humana es ser felices... pero junto a otros, y en armonía con todo lo que nos rodea. El fruto de aquello, de seguro no lo veremos nosotros, pero sí futuras generaciones. ¿Quién pondrá la primera piedra?



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