EL Observador

14:30 hrs. Martes 24 de diciembre de 2013 Gustavo Boldrini Pardo

El Taller de San José

El Niño Dios es harto molestoso. Anda diciendo que el Taller de San José, que siempre estuvo en Nazareth, ahora está en la Población Rosales Kennedy y que su papá se cambió el nombre a Juan León y fabrica canastos. Llega a dar risa. A Roberto grande le contó que, antes, San José se llamó Juan Véliz y construía jaulitas para pájaros allí en Pudeto con Aníbal Pinto. Ahora anda peluseando en Lo Garzo, jugando a la pichanga con la Marisol, Andrés, Miguel, Omar y la Anita Cristina. No tengan ninguna esperanza de que el Niño Dios crezca, se ponga serio y que sea un Dios grande. ¡No! Seguirá siendo chico y juguetón. Es que no se puede resistir a las pitanzas, y por palomilla no crece.

Le advertí: "¡No te olvides que Pinocho comenzó como un vulgar leño de Navidad y terminó siendo humano; además de que le crecía la nariz cada vez que mentía!". Me contestó que no estaba ni ahí conmigo, pues se iba a Hijuelas donde Herminio Gaete, que así se llama ahora San José, y que con él construye muebles en sauce amargo. "¡Más amargo que vos!", me gritó cuando se iba.

No hay que temer que el Niño se haya puesto así; es que siempre fue molestoso. Parece que las vidas de Cristo son muchas y no hay que asustarse con ellas. Quizá las teologales no se entiendan mucho, por distantes y dogmáticas; pero las literarias nos prometen el retorno a la alegría infantil, un jugueteo eterno. Por lo demás... ¿qué se iba quedar haciendo San José allá en la Palestina si ya había construido el Tabernáculo, el Arca de la Alianza, el Palacio de Salomón? Quizás, ya aburrido de cepillar maderas de sicomoro, cedros del Líbano, olivos, se vino a la población Aconcagua Norte a experimentar con las de palto, lúcumo y guayacán...y claro, acompañado del Niño Dios que, de inmediato se hizo compinche de las chiquilladas de El Peumo.

No temamos los rostros literarios de Cristo. Es que desde sus enigmáticas travesuras de la niñez, nosotros también podemos ir habitando el tiempo de una leyenda que hace tanto bien.

El otro día, después de sesenta años, nos quedamos mirando con el Niño Jesús. Hicimos como que no nos reconocíamos, aunque ambos estábamos fingiendo. Falso, mañana iré de nuevo a Boco, a la población Díaz Fuenzalida y si lo veo le daré un abrazo. Si tiene tiempo (debe tener mucho, pues no trabaja) le propondré que visitemos todos los talleres de carpintería de la ciudad. ¿Cómo no encontraremos un camioncito azul o unos palitroques amarillos para jugar otro rato?



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