EL Observador

12:11 hrs. Viernes 20 de diciembre de 2013 Hernán Ortega-Parada

De la indiferencia

Las figuras que en la pantalla solicitan atención a las vicisitudes del país, parecieran adolecer de fuerza, energía, convencimiento, como si estuvieran de acuerdo con la apatía y desvergüenza con que se han creado las leyes normativas en nuestro país. Apenas los otros medios palidecen.

Sin embargo, cuando se echa un vistazo horizontal hacia el mundo, a esos hechos que trascienden de una forma u otra, se puede barruntar que todo parece nacido de una gran dictadura. ¿Cuál? No sé. Al contrario, cuando observo la cosa en forma "vertical", es decir histórica, comprendo la existencia de pantanos en el acontecer de la humanidad. Y me da la sensación de que hoy estamos empantanados, atados no sólo de manos sino de voluntad. Y si en nuestra tierra, que tan escasamente amamos como se debe, iluminamos las llagas de 1829, 1891, 1973, los efectos -tras un orden aparente- se sembraron en miles de tumbas sin nombre. Hijos de esta tierra, señor.

Y cuando se tiene la sensación de que son más los que desean la propia democracia, no hay rostros, sólo cifras tan pobres como nuestras esperanzas antes de morir. Esa juventud que se revienta de cerveza, sexo y barbarie, ¿se puede esperar algo de ellos? Adultos que vagan sin opinión propia y se dicen adultos. Sólo redes invisibles soplan como un aliento vivificante. Rostros limpios asoman pero no sabemos si para lo mismo o traen en sus corazones un nuevo sentido de confraternidad.

"La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia obra con fuerza en la historia". Es un papelito simple de 1917. Más tarde esa persona escribirá: "La indiferencia obra pasivamente, pero obra. Es la fatalidad; es aquello con lo que no se puede contar; es aquello que destruye los programas, que arruina los planes mejor construidos; es la materia bruta que destroza la inteligencia. Esto que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad". Y remata: "Algunos lloran piadosamente, otros insultan obscenamente, pero ninguno o muy pocos se preguntan: ¿si yo hubiese hecho también lo que era mi deber, si hubiese buscado hacer valer mi voluntad, ¿habría pasado lo que ha pasado?". Estas palabras (no voy a decir su autor) fueron escritas mucho antes de que Fukuyama publicara en 1992 su "Fin de la historia y el último hombre".

Aunque la dialéctica de este libro se entiende, es difícil entender que todo estaba escrito. Que la desaparición del individuo que reflexiona y actúa; el cero del pensamiento público como consecuencia de ese "fin" anunciado, ha dejado a las masas satisfechas con su automóvil, a las mujeres comprando barato, a los hombres mirando el fútbol. Todos sin voluntad ni capacidad para ver el futuro de sus hijos y nietos "que tanto adoran". ¡Ja!



Portadas El Observador


 
 

Casa Matriz
La Concepción 277. Casilla 1 - D.
Quillota, V Región, Chile.