EL Observador

11:27 hrs. Lunes 09 de diciembre de 2013 Farid Chalhub Namur

Amortiguador de la maquinaria social

En época de actividad política el ambiente tiende a enrarecerse bastante y en vez de practicar la tolerancia tendemos a rechazar a quien no piensa como nosotros y lo menos que decimos es "este gallo vale callampa". La tolerancia implica entender que tenemos frente a nosotros a otro que es un semejante, el que tiene absoluto derecho de pensar y opinar distinto, solo que concibe de otra forma la felicidad pública, ¿peco de ingenuo?

Miremos al Medio Oriente, específicamente Siria, miles de muertos y más refugiados con lo puesto, en los países vecinos. Es notorio que hay un trasfondo religioso en este conflicto y no soy yo quien va a explicar lo inexplicable. Afirmo que no hay que mezclar política y religión. La política es el arte de negociar, no hay acuerdos sin ceder, en la religión esa flexibilidad no existe, por lo tanto cuidado con gobernar con el Corán o la Biblia en la mano.

Se ha puesto de moda hablar de temas valóricos. Me gustaría escuchar argumentos racionales y desapasionados sobre el significado de este concepto. Ya es hora de dejar de considerar peligrosos a los que no comparten nuestras creencias e inmorales a los que no coinciden con lo que entendemos por moral. Si no aceptamos como actúan y piensan los demás, mientras no nos pisen los callos mentales, pecamos de intransigentes. La tolerancia nos enseña a sonreír y actúa como amortiguador de la maquinaria social. No todo es blanco o negro, existen otros colores y la combinación de esos tonos, por lo que a mí no me asusta el cuco comunista o la asamblea constituyente. Quienes se han incorporado a la vida pública deben regirse por las reglas que la democracia tiene y si no las respetan: fuera.

Amigos con quienes toco estos temas me han preguntado si acepto las prácticas violentistas y ponen como ejemplo las marchas estudiantiles. Respondo con un no rotundo y lo explico: no es signo de intolerancia rechazar hechos violentos causados por encapuchados, los que para mí son delincuentes o criminales y si ya no entienden con palabras estos jaibones de cabeza cubierta debieran ir a la cárcel. ¿Por qué no se hace? Hay quienes sostienen que no los detienen para así desacreditar el movimiento de los jóvenes ya que negarles a los estudiantes el derecho a manifestar sus demandas sería un grave signo de intolerancia, riesgo que ninguna autoridad estaría dispuesta a correr. Sería como prohibir a la Selección de futbol ganar sus partidos para evitar los desmanes en la Plaza Italia. Poco prudente por decir lo menos.

Practiquemos la tolerancia, el respeto y la aceptación porque de no ser así terminaríamos todos recitando un verso de una desconocida zarzuela que dice: "El pensamiento libre proclamo en alta voz y muera quien no piense igual que yo".



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