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Publico el: 22/06/2010 16:59
Saramago y los 16 millones de pesimistas

Por: Marcelo A. López Marchant

Editor Adjunto de Crónica

Diario El Observador

Sin ser un profuso lector del escritor José Saramago, reconozco que sus libros calaron hondo en mí. Su “Evangelio según Jesucristo” y, en especial, ese célebre “Ensayo sobre la ceguera” me mostraron un tipo de literatura que no conocía, intrínsecamente humana, con una moral tan fiel a sus creencias, y dueña de una estética fuera de toda lógica -al estilo del húngaro Sandor Marai-, que me abrieron toda una paleta de nuevas letras que luego seguí consumiendo con hambre.

Por eso su muerte, el viernes pasado, fue un pequeño impacto, porque sabía que pese a no haberle hincado el diente a fondo, en su obra subsistía una permanente promesa de refugio, de saberme a salvo nadando entre su prosa elegante y siempre vigente.

Pero más que sus letras palpables, era en su discurso, de “viejo choro” y de eterno joven amante de la vida, y sus frases siempre acertadas en entrevistas y conferencias, donde se encontraba la sal de lo que Saramago era. Como periodista de oficio, sabía generar noticia con sus dichos, provocar y generar una sonrisa, sin el mínimo ánimo de pontificar. Era su sabiduría manando por sus poros.

De todas sus frases, una me da vueltas ahora, en un momento coincidente con lo que hemos vivido en la última semana: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”, dijo.

Rescato este dicho un día después de experimentar un hecho inédito para mi generación: ver ganar a la selección chilena no sólo un partido, sino dos en un Mundial, rompiendo así una historia siempre negativa, que nos convirtió -al menos en términos futbolísticos- en un pueblo pesimista.

Han sido años de triunfos morales, de conformarnos con jugar bien y sufrir con la estadística (como ahora algunos lo hacen tras ver ganar a España contra Honduras), con este elixir, irrelevante para los intelectuales, pero que mueve y paraliza a todo un país.

Estos nuevos futbolistas de la “Roja”, me animo a decir, jamás leyeron a Saramago, sin embargo, encarnan a la perfección su dichosa lección: habituados al pesimismo, quieren cambiar el mundo de un plumazo, comérselo y rebajar la historia al nivel de la anécdota. Han sido infelices, han debido mascar el sinsabor del esfuerzo y la desigualdad, pero tienen la suficiente fortaleza para no encantarse “con lo que hay” y, orgullo mediante, pisar fuerte y cambiar el orden de las cosas.

Sería un bello homenaje al gran literato fallecido, aunque ellos no lleguen a saberlo, ver triunfar a estos 23 muchachos que representan mejor que nunca a los 16 millones de pesimistas que habemos tras ellos.

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