Aunque me reconozco como un apasionado del fútbol y de la vida en general, es muy difícil que llore por algún motivo algo trivial. Pero me pasó, fue una madrugada del martes 23 de septiembre del año 2000 cuando nuestra selección de fútbol estaba llamada a romper la seguidilla de decepciones que en cada participación en algún torneo internacional nos había entregado.
Estaba todo servido, un buen equipo chileno que había demostrado un impecable juego en esta competencia, un plantel sub 23 reforzado por el mítico Iván Zamorano, quien era nuestro insigne goleador en esos años.
Teníamos al frente a Camerún, un rival peligroso, pero abordable, que siempre dejaba algunas licencias defensivas que nos podía permitir soñar con una final.
En mi casa en La Calera estábamos con mi hermano esperando con ansias el encuentro, pero por la diferencia horaria nos tocó madrugar para no perdernos ningún instante del partido y con la esperanza que esta vez se iba a romper el maleficio. Encendimos el televisor y comenzamos a ver los primeros del juego del nuestra querida roja.
Con la locución de Pedro Carcuro el ánimo iba aumentando, y en donde tras los primeros 45 minutos ninguno de los dos se hizo daño. El partido era friccionado y parejo, pero Chile había estado más cerca de batir la resistencia del equipo africano.
Ya iniciado el segundo tiempo se mantuvo la tónica del partido, pero en una jugada fortuita Chile logró por medio de un autogol, al minuto 78, decretar el uno a cero. A esa altura, dije: “Ya estamos listos” y ya sabiendo que España estaba esperando a nuestra selección en la final.
Mi hermano y yo estábamos eufóricos, diciendo que por fin la mufa de tantos años iba a terminar. Pero al parecer el técnico Nelson Acosta pensaba otra cosa, ya que en un movimiento táctico que sólo él comprendía, hizo que nuestra escuadra vulgarmente se “arratonara”. En eso los camerunenses nos convierten dos goles en 5 minutos y se acabó la ilusión, nuevamente quedamos cerca de la gloria.
Al finalizar el partido, las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, no sé si por pena o por impotencia de estar tan cerca de hacer algo grande, pero al final quedamos en la misma situación histórica, peleando por un paupérrimo tercer lugar.
Como hoy se juegan los primeros partidos del mundial de fútbol me acordé de esta anécdota, ya que en nuestra ciudad hay mucha expectación, sobre todo por la actuación del calerano Matías Fernández, quien en tierras cementeras hizo sus primeras gambetas y caños. Con la edad me he puesto más pesimista, por eso no creo que las lágrimas se repitan.
Publico el: 11/06/2010 19:28
El día que lloré por Chile







