Aún no sobrepaso las tres décadas pero me ha ocurrido, en más de algún coloquio o sobremesas familiares, que de pronto me encuentro hablando como un “viejo”. Sí, tal como alguien curtido que haya vivido todo un cúmulo de experiencias y que -en plena vejez- comienza a rememorar, con profunda nostalgia, episodios bastante pretéritos, abandonados en las esquinas del tiempo.
Y es que, a mis breves 29 años, hay muchos lugares que fueron claves en mi biografía, y que ya sencillamente no existen. En mi Viña del Mar natal, en sólo tres décadas el mal llamado “progreso” y su constelación de piezas de hormigón y acero erigido, se han comido un montón de lugares en que transcurrieron mi infancia y adolescencia.
La clínica donde nací, la casa de la tía donde viví buenos veranos, el cine donde vi mis primeras películas o la botillería que “auspició” algunas travesuras escolares, entre otros espacios, hoy sólo son una linda añoranza inmaterial. Casi todos dieron paso a galpones y remedos de modernidad, levantados por arquitectos, ejecutivos y constructores a quienes no les vino remordimiento tras destruir pedazos completos de historia de mi ciudad.
Cito esta anécdota a propósito de lo que ocurre por estos días con la llamada “Casa de los locos”, esa vieja casona señorial del siglo XIX ubicada en calle Condell, que alguna vez acogió a ricos hacendados, legos religiosos e ilustres sicóticos, pero que hoy parece tener sus días contados, para dar paso a un supermercado con la venia de sus propietarios.
Su caso representa la paradoja misma que viven quienes se interesan en cuidar el patrimonio histórico de las ciudades. Sea en Viña, Limache o Quillota -como en este caso- muchos inmuebles de interés histórico, que sobreviven como testigos de nuestros coterráneos del ayer, enfrentan el problema del abandono de sus dueños, la burocracia legal que implica concretar comodatos y cesiones para conseguir fondos y recursos estatales para restaurarlos y, sobre todo, la desidia de la ciudadanía que permite, sin oponer demasiada resistencia, que la historia del lugar en que diariamente viven sea el plato principal de ambiciosos especuladores inmobiliarios.
Creo que en tiempos donde la participación ciudadana es una máxima, efectivamente debe haber un “empoderamiento” que derive en una efectiva protección de nuestro patrimonio. Somos nosotros los llamados a crear una instancia de defensa que, luego, obligue a la autoridad y a la ineficiente instancia encargada del tema -léase Consejo de la Cultura o Consejo de Monumentos- a tomar cartas.
Lo que ocurrió con la Estación de Quillota, con las viejas casonas de calle Viana en Viña, o lo que podría pasar con la “Casa de los locos” deben alertarnos y motivarnos a la acción, para que nuestra historia no se nos siga esfumando entre los dedos.
Publico el: 09/02/2010 14:40
Que nuestra historia no se nos siga esfumando entre los dedos







